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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

Movido a compasión como ya hemos dicho, y excitado también por lacuriosidad y el empeño
de penetrar en el fondo obscuro de un corazónhumano cuya profundidad vislumbraba, el Padre
Ambrosio, después de unode los discursos que solía pronunciar bajo los álamos, citó a
FrayMiguel para que fuese a hablar con él en su celda.
—Tengo—le dijo—no pocas cosas que confiarle y muchas más quepreguntarle a las que
quiero que en puridad me responda, sin reserva nidisimulo.
Fray Miguel acudió a la cita a altas horas de la noche, entre completasy maitines.
El Padre Ambrosio aguardaba en su celda. Sobre la mesa de nogal ardíauna lámpara que
iluminaba el rostro del Padre Ambrosio. Era el Padre másanciano que Fray Miguel. Su frente
calva y su barba luenga y blanquísimale daban muy venerable aspecto. Sobre la mesa, además de
la lámpara,había recado de escribir, un crucifijo de metal sobre una cruz de ébano,varios libros
manuscritos e impresos y una calavera.
Cuando entró Fray Miguel, el Padre Ambrosio le indicó para que sesentase un sillón de
brazos, al otro lado de la mesa y enfrente al queél ocupaba.
Sentado Fray Miguel y en silencio, el Padre Ambrosio habló de estasuerte:
—Hermano, mi vista, que penetra y escudriña los corazones, ha penetradoen el tuyo y ha visto
que está lleno de ambición, de codicia, de sed dedeleites, honores y poder, y de desesperación,
porque en tu mocedad nopudiste alcanzarlos, y hoy, abrumado por la vejez, no te queda ni la
másleve esperanza. Por despecho, hace ya más de cuarenta años, abandonasteel mundo y la vida
activa, creyéndote capaz de la vida contemplativa ymística. Mas por el pensamiento eres menos
capaz de elevarte que por laacción, y ahora, al ver cuánto han conseguido por la acción los
hombresde tu edad y de tu pueblo, aunque como español te enorgulleces, teacibaran el patriótico
orgullo y te roen las entrañas la envidia de esoshombres y la contemplación de la obscura y
estéril inercia en que tú hasvivido. Si yo creyese que se aproximaba la plenitud de los tiempos y
queel linaje humano en las vías que sigue, trazado por el mismo Dios, sehallaba cerca del
término que deseo y que considero infalible, yocondenaría esas pasiones que te agitan y te
atormentan. Pero como haymucho que combatir y muchos obstáculos que vencer todavía, tal
vezdurante siglos, yo aplaudo los poderosos estímulos que en ti hay, yaunque renacidos tan tarde
y tan fuera de sazón, no quiero sofocarlos,sino darles pábulo y hasta satisfacción en cuanto esté a
mi alcance,valiéndome para ello de mi ciencia portentosa. Yo, al contrario que tú,he desdeñado
siempre la acción material; en vez de dominar el mundo, mehe satisfecho con contemplarle, pero
al contemplarle, le he comprendido,y comprendiéndole, me he enseñoreado de él con poder más
amplio y máshondo y seguro que el de los más poderosos soberanos. Ellos además nodominan
sino lo presente; el término de su vida ha de ser el término desu imperio. Yo hasta cierto punto
domino también en el porvenir. Midominio es de dos modos: uno por el conocer; en los casos
humanos hayuna parte que indefectiblemente se cumple en virtud de leyes eternas yde plan
divino. La marcha de los sucesos es como el curso de los astros:no hay potencia humana que los
desvíe de la senda que tienen trazadadesde la eternidad, en el tiempo y en el espacio, en la tierra
y en elcielo. Pero al comprender yo la ley que siguen, mi inteligencia seenseñorea de la ley como
si la impusiera, porque mi voluntad coincide entan elevado punto con la inteligencia y con ella se
identifica. Dentrode esta ley, dentro de la amplia senda que siguen los sucesos, se muevecon
holgura el libre albedrío del hombre, y caben determinaciones yhechos, que nosotros podemos
modificar o producir.
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