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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

templos y palacios y fundar en él ciudades y repúblicas.La tarea era más ardua, aunque al
principio menos lucida. Todo ello, noobstante, no se oponía, y ya el Padre Ambrosio lo
pronosticaba, a que,salvado el valladar del enorme continente nuevo, surcasen las
quillascastellanas más largos y desconocidos mares, diesen la vuelta al mundo yencontrasen,
caminando siempre hacia el ocaso, a los portugueses en elextremo Oriente victorioso.
Agitado por inspiración profética, el Padre Ambrosio predecía ya comomuy cercano, como
muy próximo a realizarse este glorioso acontecimiento,el mayor y el más trascendente de la
historia humana después de latempestuosa proclamación de la Ley antigua en la cumbre del
Sinaí, ydespués del tremendo drama del Calvario que redimió a los hombres, y quecon sangre
divina lavó sus pecados y confirmó la Ley nueva.
-VII-
Con mayor atención que nadie, y con avidez reconcentrada y silenciosa,oía Fray Miguel todos
los discursos del Padre Ambrosio, y su alma ardíacada vez más en el fuego de dos violentas
pasiones. Una de ellas, elorgullo de nación y de casta, plenamente satisfecho, ensanchaba
sucorazón y tal vez le hacía latir, brioso y alegre, como allá en los añosde su juventud primera.
La otra pasión era de envidia, de crecienteabatimiento, de rabia y de menosprecio de sí mismo, al
considerar suobscura insignificancia, y sus ocios viles y abyectos, durante mis decuarenta años,
en los cuales se había renovado el mundo, se habíarevelado y más que duplicado a los ojos de las
asombradas nacioneseuropeas, y España había surgido entre ellas y se había levantado porcima
de ellas, triunfante, cubierta de laureles, abriendo ancha entraday largo camino a un porvenir de
mayores glorias y conquistas. Estesegundo sentimiento predominaba en el alma de Fray Miguel
y le ponía mástétrico y silencioso. Ninguno de los frailes, sus compañeros, notaba nipor indicios
el tormento infernal que desgarraba el corazón delambicioso Fray Miguel, y que para un
observador perspicaz y que sintiesepor él algún afecto, se vislumbraba en su pálido y demacrado
rostro, enlas muecas nerviosas y como de réprobo que involuntariamente hacía devez en cuando,
y en el brillo calenturiento de sus hundidos negros ojos,a los cuales, así como a la despejada y
blanca frente, daba casi siempresombra la capucha.
El Padre Ambrosio fue el único que entrevió el tempestuoso estado delánimo de Fray Miguel
y la ambición y la envidia que le devoraban y queel propio Padre Ambrosio, al principio
irreflexiva e involuntariamente,había con sus discursos solevantado y exacerbado.
El Padre Ambrosio tuvo compasión de Fray Miguel: pensó en consolarle yhasta en curarle y
anheló en esta obra de misericordia desplegar todoslos poderes que su ciencia oculta le había
dado y acudir a losmisteriosos recursos de la magia, de la alquimia y de otras artesadquiridas por
él a fuerza de estudios y de largas vigilias.
El Padre Ambrosio jamás había ejercido ni querido ejercer cargo en elconvento. Hubiera
podido ser guardián, pero era sencillamente un frailecomo otro cualquiera. Su extraordinaria
reputación inspiraba, noobstante, el respeto más profundo. Y más que el Padre guardián por
sudignidad y oficio, se hacía él respetar, obedecer y temer por lassingulares prendas de su
carácter, por su inteligencia, por su saber ypor los poderes sobrenaturales que se le atribuían.
 
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