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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

celda del Padre Ambrosio y parahablar con él lo que había hablado, produjeron terrible
reacción,hundiendo a Fray Miguel en el mayor abatimiento físico. Se diría quehasta para hablar,
hasta para pronunciar algunas palabras, le faltabanya bríos. Fray Miguel estaba postrado en cama
y callado como muerto.
Sólo acudían a visitarle en su celda el Padre Ambrosio, cuya reputaciónde excelente médico
era grandísima e indiscutible, y el hermano Tiburcioque, ayudante del Padre, cuidaba de Fray
Miguel, y le suministrabaalimentos y medicinas.
En medio, no obstante, de aquella enfermiza inacción de su ser materialy de aquel
desmadejamiento y quebrante de su organismo, el pensamientode Fray Miguel lucía con más
viveza dentro de su cerebro, y como si lehubieran nacido pujantes alas, se remontaba a
luminosas esferas y veía ocreía ver con mayor claridad y serenidad que nunca, lo pasado,
lopresente y lo futuro, fijando la mirada de águila en el radiante foco,donde lo real y lo ideal se
compenetran, se confunden y son una cosamisma.
En la mente de Fray Miguel se realizó así saludable mudanza. En virtudde ella, depuso todo
enojo contra el Padre Ambrosio. Lo que tal vezconsideraba antes como burla, le pareció lección
provechosa, rica enbeatíficos resultados.
Harto bien conocía Fray Miguel la postración de su cuerpo y laproximidad de su muerte; pero,
al mismo tiempo, conocía con reposadojúbilo que nunca había estado su espíritu más sano, más
perspicaz, nimás sereno que entonces.
En tal disposición, quiso Fray Miguel comunicar a alguien que lecomprendiese los
pensamientos y las ideas que en aquellos momentossupremos había en su alma. Y movido por
este anhelo, con voz sumisa ydébil, no en una vez sola, sino en varias veces, en diferentes
visitasque el Padre Ambrosio le hizo, le fue manifestando en breves discursossu pensar y su
sentir más íntimos.
Piadosamente recogió el Padre Ambrosio y puso por escrito aquellasconfidencias, que ahora
trasladamos aquí y que son como siguen:
—Veo con claridad, Padre Ambrosio, que la hora de mi muerte seaproxima. La veo sin
desearla y también sin temerla. Rara vez la duda haentrado en mi espíritu, y menos aún ha
entrado en él una negativaconvicción. Pero, aunque yo estuviese convencido de que la muerte
eracompleta, de que para mí no había nada después, ni pena, ni gloria deque yo tuviese
conciencia, ni siquiera una inconsciente prolongación demi ser en el recuerdo de los demás
hombres, la muerte no me aterraría nime afligiría. No es que yo esté resignado. Es algo de más
noble y demenos pasivo. Es que, dando yo aún inmenso precio a mi vida, la daría,la vertería toda
en el seno de la naturaleza, en una efusión de amorhacia ella y hacia el ser inmenso que lo ha
creado todo y que todo lollena. Pero no, yo no dudo de mi inmortalidad individual y
consciente.Yo creo en ella y ahora, cuando mis ojos, débiles y enfermos, apenasperciben la luz
material, de la que huyen medrosos, luz clarísima,procedente de foco increado, penetra e inunda
mi mente, ilustrándola yenseñándole la verdad. Yo fui, días ha, a tu celda con el intento
deinterrogarte y de disipar dudas sobre mi última vida pasada. Ahora mearrepiento y nada te
pregunto porque nada quiero saber. Me es igual, mees indiferente que hayan sido realidad mi
razonamiento, misperegrinaciones y mis ulteriores crímenes y hazañas, o que todo hayasido
prestigios, embustes o creaciones fantásticas formadas y sugeridaspor tus elixires y linimentos y
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