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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

orasgándose los velos que le encubrían la verdad, y de que empezaba a verlas cosas todas sin
alucinación alguna que se las desfigurase ytrastrocase. Era, no obstante, tan sigiloso y tan
reservado que nadie,ni el mismo Padre Ambrosio, descubría los cambios que iban
realizándoseen el fondo de aquel alma, aunque el Padre Ambrosio visitaba a menudo aFray
Miguel y era perspicaz zahorí de los pensamientos ajenos.
Llegó por fin un momento en que Fray Miguel se encontró menos agobiadode sus males, con
la mente despejada, con las piernas y los brazos másfirmes para accionar y moverse y con la voz
entera para poder expresarsin fatiga ni esfuerzo cuanto sentía y pensaba.
Desvelado, en las altas horas de la noche, se levantó de su mezquinolecho, se vistió
precipitadamente el sayal, encendió con eslabón, yescay pajuela, una lamparilla de hierro, salió
de su celda, atravesó losclaustros desiertos y sombríos, se dirigió a la puerta de la celda delPadre
Ambrosio, y llamó golpeando en ella.
Había cierto reposo enérgico en el espíritu de Fray Miguel; mas, aunqueparezca
contradictorio, coexistía con este reposo la impacientedecisión, que no daba espera, de hablar al
Padre Ambrosio, deinterrogarle sobre no pocas dudas y de pedirle cuenta y explicacionesque las
resolviesen.
El Padre Ambrosio se oyó llamar, reconoció la voz de Fray Miguel, nopudo resistirse al
imperio con que este exigía que le oyese, se vistióel hábito y le abrió la puerta refunfuñando.
Entró en la celda Fray Miguel, colocó su lamparilla sobre la mesa, dondehabía papeles y
libros, y la misma calavera y el mismo crucifijo que laprimera vez que allí había entrado. Se
sentó Fray Miguel en la silla enque también se había sentado la primera vez, y diciendo, tengo
quehablarte, excitó por señas al Padre Ambrosio a que tomase asiento.
El diálogo que hubo entre ambos, y que Fray Miguel comenzó, requierecapítulo aparte.
-II-
—¿Qué delirio es el tuyo?—dijo el Padre Ambrosio—. Me pasma que hayasvenido a verme.
Si te he de hablar con franqueza, no creía yo posibleque pudieses salir de tu celda, débil como
estás, baldado por losdolores y velados tus ojos de densa nube que desde hace algún
tiempoapenas te deja ver distintamente las cosas, sino de un modo vago yconfuso y como al
través de una neblina. ¿Qué quieres de mí? ¿Por quéhas venido hasta aquí, con paso vacilante e
incierto, a tientas y sinduda apoyándote en las paredes? ¿Qué es lo que de mí pretendes todavía?
Fray Miguel contestó:
—Pretendo que seas conmigo franco y leal, como yo lo he sido contigo.Yo abrí para ti los más
escondidos senos de mi alma y te mostré todossus arcanos. Nada te oculté ni de mis
pensamientos ni de mis pasiones.Mi espíritu, lleno de confianza en ti se te rindió por completo.
Derechotengo a que tú también seas franco y leal conmigo. Vengo a pedirtecuenta de tu
conducta y de tus promesas. Dime toda la verdad. ¿Te hasburlado de mí? ¿Me has hecho víctima
de un engaño? ¿Es cierto cuanto meha ocurrido o ha sido todo, como yo recelo, una
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