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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

collares y cadenas de oro y de piedraspreciosas, y en los sombreros, cubiertos de perlas, airosas y
blancasplumas. Para mayor decoro y ostentación de la Embajada, marchabanenseguida muchos
empleados y gentiles hombres asistentes al soliopontificio, y la guardia de honor de Su Santidad,
compuesta de arquerossuizos y de lanceros griegos y albaneses. Capitaneaba la segunda partede
la procesión el caballerizo mayor del rey, Nicolás de Faría, quienmontaba un magnífico caballo
con arreos cubiertos de oro y tachonados deperlas.
Inmediatamente marchaban dos elefantes, en cuyas torres iban lospresentes que el rey don
Manuel enviaba al Papa. Con fantásticos yvistosos trajes, naires de la India, montados en el
cuello de aquellosgigantescos cuadrúpedos, los iban dirigiendo. Después aparecía lo
másespantoso de aquella pompa. Montado en un soberbio alazán de Persia ibaun domador de
Ormuz, que llevaba a las ancas, en el mismo caballo y casiabrazado con él, un tigre domesticado.
En carros, y encerrados enjaulas, iban después leopardos y otras alimañas feroces que el rey
donManuel regalaba al Papa, además de las joyas, de la canela, de lapimienta, del clavo, de las
armas y de los tejidos y bordados delOriente. La Embajada venía en pos de todo esto formando
un conjuntodeslumbrador. Marchaba primero el ilustre poeta García de Resende,recopilador del
Cancionero que lleva su nombre, y Secretario de laEmbajada, y le seguían los reyes de armas de
Portugal con sus lucientescotas y los maceros del Papa, que precedían al Embajador Tristán
deAcuña. Este, por la riqueza de su traje, por su gentil y noble presenciay por la pujanza y
hermosura del corcel en que cabalgaba, dejabaeclipsados a todos los caballeros y personajes que
iban en torno de élformando comitiva; al Gobernador de Roma, al duque de Bari, a losObispos y
a los Arzobispos y a los Embajadores de Alemania, Francia,Castilla, Inglaterra, Polonia,
Venecia, Milán y otros Estados.
Al ir desfilando esta procesión, la multitud entusiasta lanzaba sonorosvivas y altos gritos de
admiración y de aplauso, mientras queestremecían el aire el estruendo de las salvas de artillería y
elrepique de campanas de todas las iglesias de Roma.
El Padre Santo aguardó la Embajada y la vio venir desde el balcónprincipal de la Mole
Adriana o Castillo de Santángelo, donde se parecíacercado de cardenales, príncipes y altos
dignatarios. Los elefantes,cuando estuvieron a la vista del Papa, metieron las trompas en
unascalderetas de oro, que para el caso iban preparadas y llenas deexquisita agua de olor, y
lanzaron luego el líquido que en las trompashabían absorbido, perfumando a la muchedumbre.
Al referir todo esto, el Padre Ambrosio encumbraba el concepto que dePortugal debía tenerse;
pero, en su mente, era más alto aún el conceptoque Aragón y Castilla le merecían. El Papa
Alejandro VI había repartidoy dividido el mundo entre las dos monarquías de la Península. Por
lopronto, Portugal brillaba más, pero la empresa de Aragón y Castilla eramás sublime, gloriosa y
difícil, y por lo mismo tardaba más enrealizarse. Ambos pueblos iban buscando la cuna de las
primerascivilizaciones; los orientales alcázares del Sol, donde le recibía en sutálamo la Aurora;
el imperio en que se cría la seda, y la tierra fértilde las especias y de los aromas. Los portugueses
habían llegado ya,caminando hacia Oriente. Los castellanos, caminando hacia el
Occidente,ansiosos de circunnavegar el planeta, habían hallado un imprevistoobstáculo, un
valladar inmenso, un continente extensísimo que sedilataba millares de leguas, casi desde un
polo a otro, y que lescerraba el camino de Cipango, del Catay y de la India. El mundoresultaba
mucho mayor de lo que se habían imaginado. En la realidad, omás bien en el concepto de los
hombres, era ya más que doble. Colón,creyendo hallar la India y la China, había hallado un
nuevo mundo. A loscastellanos incumbía civilizarle, erigir en él la cruz de Cristo,edificar en él
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