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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

De súbito se encapotó el cielo con densas nubes. Por breve rato hubocalma abrumadora como
si algo pesado oprimiese el ambiente. Pero prontose desencadenó la tempestad más furiosa. El
viento del Norte sobrevinocon ímpetu rabioso y sacudió y levantó las aguas del mar en
gigantescasolas. Chocaron las nubes con estruendo. Intensos relámpagos
iluminaronsiniestramente el aire. Los rayos le surcaban de continuo.
El bajel apresado no tardó en apartarse de la nave de Morsamor. Laborrasca le llevó lejos de
su vista.
Morsamor hizo esfuerzos inauditos para salvar su nave, harto trabajadaya por larguísima
navegación y por el choque y combate con el bajelcorsario.
Los marineros todos le ayudaron con celo y con brío en la ruda faena,mientras que
conservaban esperanzas; pero la nave, impulsada por losvientos y por las olas, ya parecía
elevarse a las nubes, ya hundirseentre dos enormes montañas de agua, y no obedecía al timón, y
se ladeabaa veces como si fuera a volcarse, y el agua subía por cima de lacubierta, la barría con
furia y penetraba hasta el fondo.
Muchos tripulantes, en el delirio ya de la desesperación, blasfemaban orezaban y no acudían a
la maniobra.
Casi abandonada la nave de dirección y de auxilios humanos, corrió aúnno poco tiempo con
velocidad vertiginosa, a merced del huracán que laimpelía sobre la líquida faz del Océano, que
ya la levantaba en susoleadas, ya la precipitaba en la medrosa hondura que entre dos montes
deagua a cada momento se abría.
La nave de Morsamor no pudo resistir más. Acaso bastó a destrozarla elfuror de los vientos y
de las olas. Acaso fue a romperse, chocandocontra oculto bajío. Ello es que la nave, desbaratada
la trabazón de sustablas se deshizo en pedazos.
Cada uno de los que la tripulaban luchó por la vida y procuró salvarsecomo pudo.
En aquel momento de angustia, Morsamor cayó en el agua y pensó salvarsenadando, pero
pronto sintió un peso que le oprimía, que le estorbabanadar y que fatalmente iba a ahogarle.
Despavorida donna Olimpia, pálidapor el miedo de la muerte, frenética de terror y de funesto
cariño, sehabía agarrado a Miguel de Zuheros, ciñéndole y estrechándole entre susbrazos.
O la falta de brío o la sobra de piedad impidió a Morsamor apartar de síaquel obstáculo que se
oponía a su salvación; aquella mujer por quieniba a perderse sin que ella se salvara.
Morsamor, en vez de rechazarla, en aquellos instantes, acaso los últimosde su vida, la cogió
con ternura. Y movida ella por gratitud y poramorosa vehemencia, unió su boca a la de
Morsamor y la regaló con hondoy prolongadísimo beso.
Extrañas fueron las impresiones de Morsamor. Se figuró que donna Olimpiaabsorbía con sus
labios toda la mocedad y toda la vida nueva que laspociones mágicas del Padre Ambrosio le
habían infundido. Volvió la vejeza apoderarse de su cuerpo y empezó a sentirse casi decrépito.
El fríodel agua atravesaba su carne, penetraba en sus huesos y le congelaba lostuétanos y la
sangre descolorida y pobre.
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