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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

Ni los cercanos montes de la costa, ni las pálidas y moribundasestrellas, ni mar ni cielo se
percibían con claridad. Si algo sevislumbraba era como a través de muy tupido velo.
Morsamor triunfante se engreía y deleitaba en la contemplación de sugloria, sólo compartida
acaso por Fernando de Magallanes. ¿Habría estelogrado o iría pronto a lograr su propósito
después de pasar el Estrechodonde encontró Morsamor el rastro y las muestras de su cruel
energía?Morsamor se lo preguntaba y no acertaba a responderse. Pero fuera cualfuera la
respuesta que diese al cabo el destino, la gloria de Morsamor,aunque compartida, no menguaba.
Él había circunnavegado el planeta,obtenido experimental conocimiento de su magnitud y de su
forma, ycerrado el ciclo de los grandes descubrimientos y navegaciones.
Soberbio, engreído estaba Morsamor por todo ello. Y sin embargo, en vezde ensancharse su
corazón y de regocijarse, se sentía abrumado enaquellos momentos por amarga tristeza. Un
enjambre de pensamientosdesconsoladores acudían a su espíritu y le atormentaban y picaban
conponzoñoso estímulo. Y en aquel estímulo ponzoñoso había, como en elestro de los poetas, la
eficacia de revestir de imágenes lo pensado,prestándoles movimiento y vida y poblando y
animando con ellas elambiente de nieblas que a Morsamor circundaba.
No, no era arco triunfal el que acababa de erigir y por dondegloriosamente se entraba en la
edad moderna. Era más bien puerta con queél cerraba y terminaba un inmenso periodo histórico,
una larga serie demás de treinta siglos, durante los cuales los pueblos que habitan entorno del
Mar Mediterráneo habían sido guías, iniciadores, maestros yhierofantes del humano linaje.
Egipto, Fenicia, Grecia, Italia y España,habían tenido sucesivamente el primado, el cetro y la
virtudcivilizadora.
El mismo orgullo de Morsamor, el superior valer que atribuía a sushechos se revolvía en daño
suyo y servía para deprimirle. Acabada por élla obra que incumbía a los pueblos meridionales de
nuestro continente,la fuerza, el imperio y la inteligencia dominadora iban a pasar a otrasmanos.
Al reconocer Morsamor tal como es la tierra en que vivimos, habíadisipado el encanto que nos
hizo señores de ella. La abandonaba su fe ycon su fe la abandonaban los genios, los dioses y los
poderes einteligencias sobrenaturales que sucesivamente su fe había creado.Esquilmado y seco
el suelo, no se prestaba ya, aun herido de nuevo porel corcel con alas, a que brotase de él otra
Hipocrene. Circe y Calipsohuían buscando refugio y sin hallar en los mares espacio misterioso
yesquivo y afortunadas islas donde erigir espléndidos palacios, socavarfrescas grutas y plantar
deleitosos jardines para recibir, agasajar yembriagar de amor a los héroes. Venus no surgía ya
del seno de las ondassalobres, ni las Nereidas, abandonando sus alcázares submarinos, veníana
consolar a Aquiles por la muerte del amigo, ni aparecían en limpia yhermosa desnudez ante los
ojos mortales de Jasón y de sus compañeros queiban a conquistar el Vellocino. Los oráculos
callaban; cesaban losmilagros. Parados y ocultos los cíclopes, ni en Letnos ni en lascavernas del
Etna forjaban armaduras lucientes. Apolo y las musassentían el prurito de abandonar a Delos, el
Parnaso y el Pindo, desalvar las Montañas Rifeas y de instalarse en las regiones
hiperbóreas,mientras no las visitaba algún viajero curioso y les quitaba todo suhechizo. En suma,
era tan temeroso y destructor el desencanto que Miguelde Zuheros imaginaba haber producido,
que hasta los santos y los ángelesse iban volando y abandonaban nuestra tierra desengañada.
Pero lascristalinas esferas se habían desbaratado y roto, no giraban ya enarrebatada consonancia
y nadie podía oír su musical armonía en losarrobamientos del éxtasis. Soledad y fúnebre silencio
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