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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

de las costas de Málaga. Desde este puerto,divisaron el bajel corsario barcos de guerra de
Castilla que salieron adarle caza. Acosado el corsario por todas partes, pasó el Estrecho
deGibraltar para ponerse en cobro.
En aquellos días de angustia, el corsario, como era natural, estaba muyrabioso y se sentía
capaz de toda suerte de atrocidades.Infortunadamente, el Principito estaba muy empalagoso con
los dolores ymolestias de la dentición. De noche, sobre todo, tomaba estruendosasperras,
berreaba mucho y no dejaba que ni donna Olimpia, ni Teletusa, niel corsario, pegasen los ojos.
El corsario, durante tres noches, loaguantó todo por galantería; pero en la noche cuarta, se puso
tannervioso y tan frenético que apenas nos atrevemos a decir lo que hizo,tanto es el horror que
nos causa. Imitando, o mejor diremos,prefigurando al héroe de una novela de Gabriel
d'Anunnzio, aunque sinpremeditación ni alevosía, sin sutilezas psicológicas y sin
celosretrospectivos, sino en el arrebato y en la excitación del insomnio,agarró al Principito y lo
arrojó al mar por la ventana del camarote.
Desgarradores fueron los gritos que en aquella ocasión lanzó donnaOlimpia, al considerar que
se ahogaban sus más bellas esperanzas. DonnaOlimpia tuvo, sin embargo, que callarse, porque el
corsario, brutal eiracundo, la amenazó con arrojarla también al mar si no se callaba.
De lo que ocurrió al día siguiente ya hemos dado cuenta. Ya sabemos cómoel corsario pagó de
una vez todos sus delitos.
Cuando Morsamor supo los lastimeros ocasos que acabamos de referir, secompadeció de
donna Olimpia y procuró consolarla; pero el cuidado de sunave le preocupaba más todavía. Y
como iba ya acercándose a la costa,Fréitas había muerto y no era muy de fiar el contramaestre,
Morsamorvelaba y sólo por breve rato entraba a reposar en la cámara.
-XLIII-
Antes de amanecer, se levantó Morsamor y fue sobre cubierta.
Fresco vientecillo de Poniente empujaba la nave hacia la costa. Era deesperar que, al rayar el
alba llegase la nave a la desembocadura delTajo y penetrando y subiendo por el río, se
presentase frente a Lisboa.
En pos de la nave de Morsamor iba el barco del vencido corsarioargelino, brillante trofeo de la
recién alcanzada victoria.
Tiburcio de Simahonda había tomado en él el mando. La bandera deCastilla, izada en el
mastelero de gavia, continuaba allí en señal deposesión, a pesar de la noche. De las entenas
pendían, cual horribleadorno y para ejemplar escarmiento, los cadáveres del capitán argelino yde
ocho satélites suyos, cada uno de ellos colgando por el pescuezo conun lazo escurridizo.
Densísima niebla lo envolvía todo. En la vaga penumbra del crepúsculosólo se percibía la
forma indecisa del bajel apresado, como negro bultoque se destacaba sobre un fondo de color de
ceniza.
 
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