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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

No tenemos espacio para describir aquí aquel país desconocido hastaentonces de los europeos
ni para relatar los peligros y trabajos quepasaron y los triunfos que obtuvieron nuestras dos
atrevidas viajeras.
La Etiopía alta era y es a modo de inmensa fortaleza natural, de navadilatadísima, que se
levanta, sostenida por abruptos cerros, muy sobreel nivel de las otras circunstantes tierras
africanas. Allíencastillado, resistiendo a la creciente inundación del Islamismo,vivía, desde muy
antiguo, un pueblo cristiano, y había un reino un tantodecaído ya, pero en otro tiempo muy
poderoso que se extendía por Arabiay por otras regiones.
Hacía ya más de treinta años que Pedro de Covillán había sido enviado aaquel reino por el
príncipe perfecto don Juan II. Aquel varón simpáticoy astuto se había ganado la voluntad de los
etíopes y singularmente lade la sapientísima reina Elena, quien le tuvo por consejero y muy por
suprivado. Pedro de Covillán se había hecho abisinio, Grande del reino yGobernador o más bien
príncipe feudatario de fértiles y dilatadascomarcas. Él influyó para que viniese a Lisboa y viviese
en la corte dedon Manuel el ilustre señor Mateo, Embajador del rey David y de la reinaElena.
En respuesta a dicha Embajada, había ido a visitar al Preste Juan el yamencionado don
Rodrigo de Lima con gran pompa y séquito. En el séquitodescollaba el Reverendo Padre Fray
Francisco Álvarez, elocuente yverídico historiador de la Embajada misma, a cuya narración
nosremitimos, y alma además de las negociaciones diplomáticas, porque eltal don Rodrigo era
muito parvo, si hemos de dar crédito a lashablillas y murmuraciones de sus subordinados. Todo
esto, no obstante,importa tan poco a nuestra historia, que debiéramos pasarlo en
silencio.Bástenos decir que donna Olimpia se ingenió de tal suerte y se dio tanbuena maña, que
se hizo amiga de Pedro de Covillán, de don Rodrigo, y detodo el personal de la Embajada. Por
este medio fue presentada en lacorte que iba siempre vagando de un lugar a otro y habitaba
bajohermosas tiendas en campamento vastísimo capaz de contener y quecontenía más de veinte
mil personas, desde el Abuna o Patriarca, laclerecía, las princesas de la sangre y los altos
dignatarios, hasta lossoldados y sirvientes.
En fin, y para no cansar a los lectores, consignaremos sin más preámbuloque el Preste Juan o
soberano de aquella tierra que se llamaba entoncesDavid, se enamoró perdidamente de donna
Olimpia, y acabó por casarse conella.
David era ya casado, pero esto no era óbice, porque allí el rey podía ysolía tener dos mujeres
legítimas: una se llamaba cuan-baaltihat oreina de la mano derecha, y la otra, gerâ—baaltihat o
reina de lamano zurda. Esta última dignidad fue la que obtuvo donna Olimpia, mas nopor eso fue
menos considerada, y según la etiqueta de la corte, severa yminuciosa por todo extremo, donna
Olimpia fue tratada, respetada yatendida como esposa del Negus Nagat, o Rey de reyes y
Soberano Señorde Aksum, de Homer, de Raydan, de Habaset, de Sabá, de Silhi, de Tiyam,de
Kas, de Bega y de otros Estados, de la mayor parte de los cuales, yain partibus infidelium, sólo
quedaba el título.
Algo influyó donna Olimpia en la renaciente cultura de los abisinios, yde ello con razón se
jactaba. Censuró y condenó las muy frecuentesborracheras de onfacomeli, bebida de que se
abusaba mucho en Abisinia, yde cuya composición, tal como la explica el diccionario de la
RealAcademia Española, tantos donaires y chistes acertó a decir nuestroamigo don Manuel
Silvela. Con más eficaz energía se opuso aún a que lossúbditos de su esposo comiesen carne
cruda, y sobre todo, a que losrefinados y sibaríticos la comiesen invirtiendo los trámites, o sea
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