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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

-XLI-
Más sorprendido que complacido vio Morsamor la aparición de donnaOlimpia de Belfiore,
pues no era otra la dama enlutada que le saludó contanto entusiasmo y cariño.
Hermosa como siempre estaba donna Olimpia. El tiempo no imprimía ladestructora huella en
su rostro, en el cual se notaba mayor majestad queantes y honda tristeza.
Donna Olimpia no había aparecido sola. Teletusa, tan regocijada como decostumbre, apareció
con ella. Y aparecieron igualmente entre loslibertados galeotes, siendo de los que mejor pagaron
la libertadcombatiendo a los corsarios, los dos fieles y robustos escuderos aquienes llamaban
Asmodeo y Belcebú, más por broma que con suficientemotivo.
Para satisfacer la curiosidad natural de Morsamor y de Tiburcio, donnaOlimpia, en presencia
de Teletusa y del doncel, no tardó en contar agrandes rasgos sus aventuras. Y como donna
Olimpia era tan latina y tanabastada de erudición clásica, empezó diciendo como el Eneas
deVirgilio:
¡In fandum, Morsamor, jubes renovare dolorem!
Traía ella consignados en precioso manuscrito todos los peregrinossucesos de que había sido
testigo, agente o paciente. Con ellos,imitando a César, se proponía dar al público sus
comentarios. Esindudable que si los hubiese publicado y si no se hubiesen perdido,serían casi tan
interesantes como los del Dictador romano. Si nosotroslos poseyésemos o pudiésemos
reconstruirlos, compondríamos con ellos unahistoria no menos extensa que la presente, pero aquí
deben entrar comoepisodio, y el episodio no debe extenderse más que el principal asunto.Para no
faltar a esta regla de los preceptistas y cumplir con el semperad aventum festina de Horacio, nos
abstendremos de referir las cosascon la pausa con que las refirió donna Olimpia, y las
referiremos tan enresumen, que más parezcan el plan o el índice de la historia que lahistoria
misma.
Con la presencia en Melinda de nuestras dos damas, la corte estababrillantísima: las fiestas y
diversiones se sucedían sin tregua:cacerías, banquetes, cabalgatas, simulacros de batallas, o algo
a modode bárbaros torneos, todo se sucedía con grande lujo y no menoresgastos. El pueblo,
negro y tacaño, se hartó de tanta magnificencia yhalló que le costaba muy cara. Donna Olimpia
tuvo indicios de que seconspiraba contra ella y contra el rey. Para aquel generoso príncipetemió
un mal percance y para ella fin no menos trágico que el de lafamosa Raquel, judía de Toledo, o
que el de doña Inés de Castro, tancelebrada más tarde por los poetas épicos y dramáticos
portugueses.
Donna Olimpia sabía eclipsarse y evadirse a tiempo. En esta ocasión nole faltó su habilidad.
Con raro disimulo ganó el corazón y hechizó alcapitán de una nave lusitana que tocó en Melinda
de paso para Massauá adonde iba a reunirse con la flota, que había llevado a don Rodrigo
deLima y que debía volver a la India con dicho señor y con toda su pomposaEmbajada, después
que hubiesen visitado al Preste Juan, o sea al monarcade Abisinia o por otro nombre de la alta
Etiopía.
 
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