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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

En otros días pintaba el Padre Ambrosio el esplendor y la magnificenciade la corte de León X,
a quien rendían tributo todas las naciones yprestaban respetuoso homenaje los más altos
príncipes y poderososmonarcas. Dábale esto ocasión para ensalzar al pueblo y a los soberanosde
España, que pasmosamente cumplían su misión de dilatar por el mundoel imperio de la fe
cristiana. Entusiasmado con esto el Padre Ambrosio,pintó a los frailes la pompa triunfal con que
Tristán de Acuña entró enRoma. Tal vez desde los tiempos en que volvió el andaluz Trajano
deconquistar la Dacia, moviendo por última vez al dios Término para queensanchase el imperio
de Roma, Roma no había presenciado espectáculo másgrandioso. Esta vez los nuevos romanos,
los fuertes hijos de Lusitania,habían llevado al dios Término más allá de donde le llevaron o
soñaronen llevarle Osiris, el hijo de Semele, y Alejandro de Macedonia. Lehabían llevado más
allá del Indo y del Ganges. El tremendo conquistadorAlfonso de Alburquerque había recorrido
victorioso los mares de Orientedesde Aden hasta Borneo; había conquistado y destruido reinos,
habíahecho tributarias o entrado a saco populosas y ricas ciudades desdeOrmuz, emporio de
Persia, India y Arabia, hasta Malaca, en el extremosur de Siam. Para capital de los nuevos
dominios portugueses habíatomado dos veces por asalto a Goa, en el vecino reino de
Villapor,realizando increíbles hazañas y cometiendo inauditas crueldades. Habíavisitado a
Ceilán, tierra encantada de las piedras preciosas, deliciadel mundo, patria de la canela y de las
perlas. El apóstol Santiago,montado en su caballo blanco, se aparecía en las más
sangrientasbatallas de Alburquerque e iba matando moros. Cristo mismo, para dartestimonio de
la misión divina que a Alburquerque había confiado, lemostró en el cielo una gran cruz
luminosa, hacia el lado de Arabia,convidándole y excitándole a conquistar a Aden, a ir luego a la
Meca aincendiar y destruir el templo de la Caaba, y a dirigirse por último aJerusalem para
libertar el Santo Sepulcro. La muerte sorprendió aAlbuquerque en medio de estos últimos
colosales proyectos; pero antes demorir había realizado tan grandes cosas, que el rey D. Manuel,
suaugusto y dichoso amo, se complació en darlas a conocer al Papa de unmodo digno y solemne,
y para ello le envió como embajador a Tristán deAcuña, quien había precedido a Albuquerque en
el mando de la India ybajo cuyas órdenes al principio Albuquerque había militado.
De esta gloriosa embajada portuguesa, que el Padre Ambrosio presenciódurante su
permanencia en Roma, hizo el Padre a los frailes unentusiasta relato.
-VI-
La fama, decía el Padre Ambrosio, había anunciado por toda Italia lanovedad singular de la
Embajada portuguesa. Gran multitud de forasterosde todas las repúblicas y principados de Italia
acudieron a Roma.Calles, plazas, balcones y azoteas estaban llenas de gente que seapiñaba y
empujaba para coger buen sitio y ver pasar la procesión desdela puerta del pueblo hasta el punto
en que León X debía recibirla. Era afines de Marzo: una hermosa mañana de la naciente
primavera. Rompían lamarcha varios heraldos a caballo con los estandartes de Portugal.Seguían
luego, a caballo también, los trompeteros y los músicos tocandoclarines y chirimías. Trescientos
palafreneros, vestidos de seda,llevaban de la rienda otras tantas briosas y bellísimas
alfanas,ricamente enjaezadas con gualdrapas y paramentos de brocado y cairelesde oro. Iba en
pos vistosa turba de pajes y de escuderos. Luego todoslos portugueses, eclesiásticos y seculares,
que entonces residían enRoma. Luego los parientes del Embajador, todos en caballos
queostentaban ricos jaeces. Eran los jinetes más de sesenta hidalgos, quelucían sedas y encajes,
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