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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

Larga y profunda calmatuvo, sin embargo, parada la nave e impaciente su tripulación
durantemuchas horas. Pero, no hay mal que por bien no venga. Sin esta forzosadetención no
hubiera ocurrido el extraño caso de que se dará cuenta enel siguiente capítulo.
-XXXIX-
Cuán pasmosa no sería la sorpresa de Morsamor, de Tiburcio y de suscompañeros, cuando, al
llegar la noche del día desde cuya mañana estabandetenidos, oyeron lastimeros gritos que se
alzaban por el costadoizquierdo de la nave y que decían en lengua castellana: ¡Socorrednos:tened
compasión de nosotros! ¡Recibidnos a bordo!
Dirigieron entonces las miradas hacia el punto de donde venían las vocesy vieron cerca de la
orilla a dos hombres vestidos a la europea, si biencon trajes desordenados y rotos. Echaron al
agua la chalupa, fueron enbusca de aquellos dos hombres, los trajeron y se los presentaron
alcapitán que, maravillado y compasivo, contemplaba los desencajadosrostros, la palidez
enfermiza y el aspecto abatido y miserable de sushuéspedes imprevistos.
—¿Quiénes sois, desventurados?—les preguntó Morsamor.
Uno de ellos, al parecer el más joven y el menos fatigado y enfermo,tomó la palabra y dijo:
—Yo, señor, soy Juan de Cartagena y salí de Castilla mandando uno delos cinco bajeles que
trajo el portugués Fernando de Magallanes paralograr su propósito de ir más allá de este
continente, de llegar a laIndia, caminando siempre hacia el Oeste. La insufrible soberbia
delportugués y los malos modos y la aspereza con que me trataba me movierona rebelarme
contra él cuando aún estábamos en el Golfo de Guinea.Magallanes me venció y me tuvo preso.
Fue tanta su crueldad quepermanecí en el cepo, durante muchas semanas, hasta que llegamos
cercade estos lugares. Hartos mis compañeros de sufrir al portugués, a quienya tenían por loco, y
recelando que los llevaba a perdición segura, sesublevaron contra él en una bahía que no dista
mucho de aquí. Tresfueron los bajeles sublevados. Las principales cabezas de la
sublevaciónfueron Luis de Mendoza y Gaspar de Quesada. Ellos me pusieron enlibertad, y yo
combatí en favor de ellos. Sólo dos bajeles quedaronsujetos al portugués. De los otros tres
disponíamos nosotros.Magallanes, no obstante, pudo vencernos. Entró al abordaje en
nuestrosnavíos y Luis de Mendoza murió cosido a puñaladas. Horribles fueron loscastigos que
Magallanes impuso. A Gaspar de Quesada, por mano de supropio criado, que sirvió de verdugo,
hizo que le cortaran la cabeza. Ydescuartizados los miembros de Quesada y de Mendoza, fueron
suspendidosde los mástiles para espantoso escarmiento de todos. No sé por quéMagallanes me
perdonó la vida y tuvo compasión de mí, si compasión puedellamarse. El feroz capitán, al ir a
entrar en el Estrecho, me dejóabandonado sobre la costa inhospitalaria. Él siguió su viaje con
sólotres bajeles, porque de los cinco uno naufragó y otro, el San Antonio,logró escapar, y yo
espero en Dios que a estas horas se hallará devuelta en Sevilla, donde dará cuenta de la ferocidad
y de la locura deque hemos sido víctimas.
Al oír Morsamor aquel relato, reflexionó melancólicamente que loslaureles incruentos que él
había imaginado acaso eran imposibles enaquella edad en que él vivía. Pensó que sin duda era
menester regarloscon sangre: que el temple de voluntad de quien los cultivase había deser como
 
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