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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

El estrecho deseado apareció por fin, consolándolos y entusiasmándolos.La nave Argo entró
por él con valentía. Por intrincado laberinto dedensos bosques, de tajados riscos y de altos cerros
cubiertos de nieveiba prolongándose el canal en mil tortuosos rodeos. Ya menguaba suanchura
como comprimida por los abruptos cantiles que se alzaban en unay otra margen alpestre, ya
dilatándose el estrecho formaba ingente lago,en cuya faz, que apenas rizaba la brisa, se
reflejaban la luz del cielo,ora nubes obscuras, ora el sol refulgente, y los escarpados cerros
queparecían circundar el agua formando anfiteatro. La nieve de sus picos,como obeliscos y
pirámides de bruñida plata, se duplicaba por elreflejo, y a par que resplandecía en lo sumo del
aire se veía en eltemeroso fondo del agua, donde, duplicándose también el cielo, hacía
queimaginase Morsamor que la nueva Argo estaba suspendida entre dosabismos.
Los que navegan hoy cómodamente por aquel estrecho, a bordo de un barcode vapor, no
pueden ver la sublimidad de la escena ni pueden sentir elpasmo aterrador de los que por vez
primera le cruzaron. No van, comoMorsamor iba entonces, en frágil barco y a merced del viento,
que seoponía a su marcha, si era contrario, o si amainaba, casi le dejabainmóvil a pesar de las
más hábiles maniobras.
Hoy es corto el tránsito por aquel estrecho. Entonces parecía que durabaun siglo. Y la
naturaleza circunstante, esquiva hasta entonces al hombrecivilizado, que nunca fijó en ella sus
miradas dominadoras, se alzabasoberbia en contra de él, procurando atajarle y sobreexcitando su
ánimocon la amenaza de mil peligros, ya verdaderos, ya exagerados por lafantasía.
Espesa niebla envolvía a veces la nave, y a causa de la niebla, así comodurante la noche, era
menester ir con lentitud y precaución, para notropezar en un escollo o encallar en un bajío. A
veces se encapotaba elcielo, deslumbraban los relámpagos y resonaba el trueno repercutido
porlos peñascos y multiplicado por los ecos. La tempestad acababadesatándose en torrentes de
lluvia o en abundantes copos de nieve. Luegose serenaba el aire y el sol resplandecía. Tal vez el
iris se dilatabasobre el estrecho en arco majestuoso, cuyos estribos eran los cerros deuna y otra
margen.
A veces asaltaba a los atrevidos navegantes el recelo de no acertar asalir de aquel laberinto y
de tener que morir allí. Los peligros, que encierto modo habían sido silenciosos e invisibles en el
grande Océano, semostraban allí más a la vista y turbaban los espíritus y molestaban yherían los
oídos con acentos y voces. Ya aparecían en los peñascosvoraces lobos marinos, ya se veían
revolando y cerniéndose a grandealtura águilas o buitres de mayor tamaño y pujanza que los de
Europa, yaseguían o cercaban la nave bandadas de enormes albatros, hostigadospor el hambre y
buscando alimento. Lorenzo Fréitas y algunos otrosmarinos que, a falta de catalejo, tenían muy
perspicaz la vista,aseguraban haber columbrado en la costa de la izquierda vagar
hombressalvajes y feroces de descomunal corpulencia. No vacilaban en conjeturarque el menor
de dichos hombres era de tan colosal estatura, que de fijoel más alto de cuantos iban en la nave
no le llegaría con la cabezadebajo del brazo. Para acrecentar más el susto, no bien declinaba
latarde salían de sus ocultas madrigueras feos murciélagos, que tenían enel hocico como un
hierro de lanza y que se suponía que eran vampiros yvagaban en torno de la nave y hasta se
posaban en los mástiles y en lasvelas. En medio de las tinieblas nocturnas solía oírse el
lúgubresilbido de las lechuzas y de los búhos.
Como no hay mala ventura que no tenga término, la nave Argo logró casivencer los obstáculos
todos y se encontró al final del estrecho y muypróxima a lanzarse en la amplitud del Atlántico.
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