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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

demanera que la nueva Argo no halló en su camino tierra alguna dondepararse. Aquellos mares
parecían tan hondos, que habían reprimido elempuje del fuego central impidiendo que brotasen
islas montañosas sobresu superficie. El coral y las madréporas no habían levantado arrecifespor
ninguna parte ni habían formado atolones. Así al menos lo presumíanMorsamor y los demás
tripulantes cuando, cada vez que rayaba el alba,tendían la vista hacia los cuatro puntos del
horizonte y sólo percibíanel haz azulada y uniforme del vasto Océano. Tal vez habría islas y
hastagrandes e ignorados continentes al norte o al Sur de la derrota queseguían, pero todo se
ocultaba a la vista de ellos.
El terror de los tripulantes se aumentaba con la persistencia de tantasoledad. Aunque había
abundancia de víveres, arroz, harina de trigo,aceite y galleta hasta para años, se temía que faltase
el agua potable.En la nave no dejaba de haber ya quien encontrase el agua malsana ycorrompida.
El cansancio, lo poco variado y apetitoso de laalimentación, el miedo, el mal humor y hasta el
aburrimiento trajeron laenfermedad a bordo. En pos de ella vino la muerte y empezó a
sacrificarvíctimas. La resignación y la paciencia se fueron agotando. El amor, elrespeto y la
confianza que Morsamor inspiraba se trocaban ya endescontento y hasta en odio.
Tiburcio era quien permanecía más entero y confiado en medio de todo.Hasta de la no
aparición de tierra alguna deducía él faustos pronósticosy la consideraba como signo de buen
agüero:
—O no hay—decía—, o si hay no quiere el destino que descubramosterreno donde fijar el pie
para obligarnos así a que lleguemos al findel continente que descubrió Colón; a que le
atravesemos por un estrechode mar o a que le rodeemos por su extremidad Sur, como ya
rodeamos elÁfrica por el Cabo de las Tormentas y a que volvamos triunfantes a lagran ciudad de
Lisboa.
A menudo arengaba Tiburcio a los marineros y a los soldados, pero loshechos eran más
elocuentes y persuasivos que las palabras. Ora vientoscontrarios y borrascas que combatían la
nave, ora pesadas calmas que ladetenían en su carrera, vinieron a dar pábulo a la irritación
general.De temer era que la sublevación estallase de un momento a otro.
Tomás Cardoso, grande amigo, admirador y fiel satélite de Miguel deZuheros, había
apaciguado los ánimos durante no poco tiempo y habíaprocurado mantener viva en todos la
esperanza; pero Tomás Cardoso acabótambién por perderla y por cambiar su papel de
apaciguador en el decabeza de motín.
Era Tomás Cardoso el más a propósito para este oficio. Por su gigantescaestatura descollaba
sobre los demás hombres. Ágil y fornido, losdominaba y acaudillaba.
En su desesperación, no sabiendo a qué arbitrio recurrir, lostripulantes decidieron volver atrás
con diferente rumbo, o para ver sihallaban alguna tierra en que remediarse, o para ver si lograban
aportaral Japón o volver a la China o a la India.
Con esta embajada fue Tomás Cardoso para imponerse a Morsamor, a quienhalló solo en la
pequeña cámara del buque.
Morsamor se negó a todo, si bien más suplicante que enojado, y alegandocon suavidad y
dulzura que, en el extremo a que habían llegado, era yamás peligroso volver atrás que seguir
adelante; que la misma razón habíapara suponer tierras intermedias siguiendo hacia el Oriente
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