Not a member?     Existing members login below:

Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

instrumentos y de la manera demarcar el punto en que un barco se halla. Y como él y Lorenzo
Fréitascoincidían en la opinión de que cada grado de la esfera tenía por elecuador o por su
anchura máxima quinientos estadios, cuando se creyeronen la parte opuesta del meridiano de
Lisboa, creyeron también quedistaban noventa mil estadios de dicha ciudad, y que todavía, sin
contarlos rodeos que tendrían que dar, necesitaban navegar otros noventa milestadios para volver
a la patria. Calculando por leguas, aunque esmedida menos exacta y más variable, y atribuyendo
a cada grado veinteleguas de longitud, aún tenían que andar tres mil y seiscientas leguaspara
llegar a Lisboa en línea recta y sin ningún tropiezo.
Para no asustar a la gente de a bordo, Morsamor y Fréitas se guardaronbien de comunicarles el
resultado de sus cálculos.
En la nave, que había salido abundantemente provista de Macao, habíaagua potable y víveres
para bastante tiempo. Todos, sin embargo,empezaban a tener miedo, aunque lo disimulaban y
aunque todavía no sehabía convertido en descontento. Sólo Tiburcio se mostraba impasible
yalegre, procurando con sus chistes ahuyentar del ánimo de Morsamor losmalos espíritus que le
atormentaban, a pesar de su esperanza de salirtriunfante de aquel empeño.
Muy raras cavilaciones solían asaltar la mente de Morsamor, y no eranlas menos raras las que
tenía al pensar en Tiburcio. Nunca se atrevía acomunicárselo. Procuraba, además, arrojarlo de su
propio pensamientocomo indigna extravagancia; pero recelaba a veces que en Tiburcio
habíaalgo de sobrehumano o de extrahumano; un no sabemos qué de diabólico,a pesar de que
Tiburcio era tan fiel, tan servicial y para con él tanbondadoso y tan divertido, que aun
suponiéndole diablo, le calificaba debuen diablo. Entendía Morsamor, que si Tiburcio se
deleitaba en actospecaminosos, era con superior permiso, para sacar bálsamo del veneno ypara
dirigir y levantar la maldad rastrera a fines excelentes, ordenadospor la Providencia. Y yendo
más lejos aún, en esta suposición, quedesechaba al punto por herética, y de la que nunca dejaba
deretractarse, fantaseaba que, así como hay diablos en el infierno,también debía de haberlos en el
purgatorio, para cuidar de las ánimasbenditas y para atormentarlas, no por mero y cruel castigo,
sino a finde que quedasen limpias de toda mácula y capaces ya de perdurable vida.Claro está,
que si había diablos de esta clase y si Tiburcio contabaentre ellos, al cabo llegaría un momento
en que Tiburcio cumpliría sucondena y se encontraría indultado y horro de la esclavitud de la
culpa.No poco de tan extraña opinión podía apoyarse, según Miguel de Zuheroshabía oído al
Padre Ambrosio, en varias sentencias de Orígenes y de SanGregorio de Nisa. Entiéndase, a pesar
de lo expuesto, que Morsamor noperseveraba en tales errores y que abjuraba de ellos por
vitandos ynefandos.
Como quiera que fuese, esta navegación que iban haciendo ahora era tanmelancólica y tan
tétrica como había sido amena y bulliciosa la queMorsamor y Tiburcio, acompañados de donna
Olimpia y Teletusa, habíanhecho desde Lisboa hasta Melinda.
-XXXVII-
Siguieron pasando días sin que nada interrumpiese la monotonía deaquella larga navegación.
La Providencia, el destino, los genios o losnúmenes que gobiernan el viento y las olas, o la
misma estrella deMorsamor, según cada uno quisiera explicárselo, dispusieron las cosas
 
Remove