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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

Decidido, pues, Miguel de Zuheros, y habiendo infundido en los de lanave confianza en su
decisión, dejó en Macao al señor Vandenpeereboom ya Fray Juan de Santarén, haciendo el uno
negocios, y haciendo sermonesel otro, y zarpó con su nave con rumbo hacia la desconocido.
-XXXVI-
Mientras más se piensa en ello más axioma parece la sentencia de donHermógenes,
declarando que todo es relativo. En el viaje Desde Toledo aMadrid, del maestro Tirso de Molina,
apenas había caminado legua ymedia y llegado a las ventas de Olías, cuando exclama la
melindrosa DoñaMayor: nunca imaginé que era tan largo el mundo. En cambio, el egregiopoeta
Leopardi prorrumpe en amargos lamentos porque el mundo le parecemuy chico. Y es lo peor
para él, que mientras más mundo se descubre másel mundo se empequeñece. Leopardi no cabe
en el mundo.
Los tripulantes de la nave de Morsamor, de la nueva Argo, ya que contal nombre había sido
confirmada, se asemejaban más a Doña Mayor que alpoeta. Todos hallaban y no sin motivo, que
el mundo era mayor de lo quehabían imaginado. En efecto, habían ido más allá de cuanto
habíansurcado con sus quillas los más audaces navegantes, árabes, chinos,japoneses y
portugueses; más allá de lo hasta entonces explorado y hastasoñado. Nadie había llegado jamás
adonde ellos estaban, o si habíallegado nadie había vuelto. Hacía ya no pocas semanas que sólo
veíancielo y mar. El mar se les antojaba infinito como el cielo. Y no sóloera pasmosa la
extensión de su superficie, sino que también lo era suprofundidad insondable. En aquella soledad
imponente, sublime terrorpesaba sobre los espíritus durante la noche; pero rayada la aurora,
todose bañaba en luz y en vivos colores, y el sol rutilante y gloriosodoraba el aire y esmaltaba de
púrpura y de líquida plata las ondasazules.
El piloto Lorenzo Fréitas y el mismo Morsamor, que en el retiro de suconvento había
estudiado y aprendido no poco de la náutica y de lacosmografía, conocidas entonces, no habían
dejado de hacer susobservaciones y sus cálculos y sabían que habían pasado la líneaequinoccial,
y que iban navegando con viento favorable y con rumbo alsureste. Lo que no acertaban a
determinar por su ignorancia del tamañode la tierra era si habían llegado o habían pasado ya bajo
elsemicírculo imaginario que, completando el semicírculo que pasa porLisboa y toca en los
polos del mundo, le divide en dos partes iguales.Si esto hubiesen sabido, hubieran sabido
también lo que por experienciatrataban de inquirir: la forma y el tamaño de nuestro planeta.
Elintrépido aventurero y el hábil piloto, presumían, no obstante, quehabían pasado ya el
meridiano, o mejor diremos el antimeridiano deLisboa. En la imaginación de ambos, cuando
culminaba el sol sobre suscabezas, aquella hermosa ciudad se mostraba envuelta en las
densassombras de media noche, merced al imperioso giro del firmamento todo,que daba
rapidísimas vueltas e iba iluminando alternativamente nuestrapobre morada, o merced acaso al
rodar de la tierra que en Salamanca, enCoimbra y en Sevilla habían presentido y sospechado
antes de que Galileolo sintiese y lo asegurase. En Sevilla, Morsamor había oído hablar muchode
todo esto a Fray Ambrosio de Utrera y a sus ilustres amigos,cosmógrafos y pilotos examinadores
de la Casa de Contratación, entre loscuales se contaban Alonso de Chaves, Rodrigo Zamorano y
el joven ymagnífico caballero Pedro Mexía. De ellos, y de su propio estudio, habíaaprendido
Morsamor, y algo se le alcanzaba del uso del astrolabio, delcuadrante, de la brújula y de otros
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