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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

cosascreadas y le reconoce y le adora. En este mismo Imperio en que ahoraestoy, he conversado
con los mandarines y sólo he visto en su saberateísmo materialista y grosero; he conversado con
lamas y bonzos ydespojando sus doctrinas de supersticiones y de símbolos, sólo he vistoen ellas
la confusión de Dios y del mundo y el destino y el fin del almahumana fluctuando entre el
aniquilamiento y la apoteosis.
Así cavilaba Morsamor y creía sacar en claro de sus cavilaciones laverdad real de su ser, del
universo y de Dios que lo ha creado todo. Lasmuchas contradicciones que al afirmarlo así
surgían en su mente lerepugnaban mil veces meros que todas las otras contradicciones nacidasde
cualquier otra metafísica por sutil y profunda que fuese.
—Hará ya más de dos mil años—decía Morsamor—que vivió en este Imperioel filósofo
Laotse y escribió su doctrina del Tao. Allí está la verdad,al menos en germen. Cuanto después
han inventado los chinos o hanimportado de la India es perversión o extravío.
De esta suerte, en la misma gruta donde más tarde meditó Camoens,Morsamor meditaba y
filosofaba, se lisonjeaba de ir por el buen camino,y, hasta cierto punto se consideraba
desengañado. Morsamor, no obstante,no se resignaba a despojarse de toda ambición. Aún quería
recobrar eltiempo perdido, ganar gloria sobre la tierra, hacer inmortal su memoriaentre los
hombres, cosechar laureles sin verter sangre, revelar arcanosy realizar algo de inaudito o de
antes no realizado por nadie. ¿Cuálsería el término de aquel inmenso mar que ante sus ojos se
extendía?¿Podría llegar por él hasta el mundo por Colón descubierto, salvar elvalladar que le
opusiera y volver a su patria navegando siempre haciaoriente?
Los letrados chinos, a quienes había consultado, nada sabían de todoesto. Acaso el extremo de
aquel Océano oriental recelaba un obscuroabismo, algo de inaccesible para el hombre. Más allá
tal vez estaría uninfinito piélago de color y de luz, de donde al amanecer surgiría laaurora
vertiendo claridad y oro, zafiros y rubíes por el éter, yabriendo paso al resplandeciente carro del
sol, que vendría en pos deella. Tal vez eran sueños y delirios las opiniones de antiguos
sabiosgriegos sobre la esfericidad de la tierra. Tal vez era fábula cuantohabía oído contar a los
letrados de la primera expedición mística alFusang de los discípulos de Fo en busca de un elixir
que los hicieseinmortales. Tal vez eran fábulas también otras expediciones ulteriores.Los barcos
de la flota que Kubilai-Kan envió a la conquista del Japón,dispersos e impulsados por una
tempestad, pudieron llegar acaso alFusang misterioso; pero de seguro que jamás volvieron de allí
trayendonuevas de lo que habían visto. No era el Fusang el mundo de Colón, sinoun país
imaginario donde la fantasía vulgar y materialista de los chinosponía mayor fertilidad,
abundancia y riqueza que los europeos pusieronmás tarde en el Dorado. Lo único cierto era que
más al oriente del Japónpoco o nada conocían los chinos. Sólo presumían la indefinida
extensiónde un Océano mucho más ancho que el que separa a España de las tierraspor Colón
descubiertas. ¿Qué había en el extremo de este Océano? Quiénsabe. Acaso el extremo de la tierra
en que vivimos; el borde del disco;los lazos que atan la tierra al firmamento y que la sostienen
suspendidaen el éter. Morsamor veía en todo esto un misterio hasta entoncesvelado; pero le
impulsaban a romper el velo su misma oscuridad y la vagaesperanza de que fuese cierto lo que
habían pensado los sabios antiguosde Grecia y lo que Colón había intentado y hasta había creído
demostraryendo por Occidente al extremo Oriente.
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