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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

En suma, el Padre Ambrosio podía enseñar, y enseñaba, toda aquella partemás vulgar de su
magia, que se fundaba en el conocimiento experimentaldel organismo de los seres animados, de
hierbas y de metales, delinimentos y pociones; pero la potencia mágica de su alma, la fuerza
quehabía tomado el espíritu en la propia raíz de su ser y con la queavasallaba las substancias
materiales y dominaba la naturaleza, esto nopodía transmitirse. Ni por difusión ni por intensidad
cabía en estoadelanto o mejora en la serie de los siglos. Hermes sabía y podía másque el Padre
Ambrosio. En su ciencia intransmisible no había habido nipodía haber habido progreso. El
progreso, la difusión por enseñanza eradable para los menos iniciados en no pequeño conjunto
de noticias, desecretos raros y de atinada averiguación de propiedades de los seres.
De los tres adeptos que el Padre Ambrosio tenía, el más adelantado erael hermano Tiburcio,
humilde lego, aunque señaladísimo y estimadísimo enel convento por su ferviente piedad
religiosa.
Esta piedad había hecho que en un principio mirase el hermano Tiburciocon repugnancia y
hasta con horror al Padre Ambrosio por la fama que convaguedad le acusaba de hechicero; mas
vencida al cabo la repugnancia, ladoctrina del Padre Ambrosio penetró con ímpetu en el espíritu
delhermano Tiburcio, arrollando toda contradicción y produciendo allívivísima fe y devoto
entusiasmo.
El mayor recelo del hermano Tiburcio se había disipado. Había pensado élque la doctrina
ortodoxa debía circundar y encerrar el espíritu comofuerte muro flanqueado de eminentes torres;
y temía que al salir de élel espíritu orgulloso le derribase o al menos le quebrantase, apagandolos
faros luminosos que en las torres resplandecían, y que el espírituentonces, perdido, sin guía y sin
luz en las tinieblas, jamás volvería aencontrar su santo refugio.
A esta objeción, había contestado el Padre Ambrosio valiéndose de unsímil semejante. Así
había dominado el temor del hermano Tiburcio.
—Mi fe religiosa—le había dicho el Padre Ambrosio—es sin duda comofortaleza
inexpugnable, mas no para que yo me quede encerrado en ellacobarde y ocioso, sino para que
me valga como apoyo, y como centro demis más atrevidas excursiones y de mis conquistas más
gloriosas por lasinmensas e ignoradas regiones, donde el pensamiento humano ha de erigirun día
su trono y ha de fundar su imperio. Sin duda con la fe y con elamor ayudado de los dones
sobrenaturales de la gracia, el alma puedellegar hasta Dios mismo y unirse en cierto modo con
él; pero mi cienciaprofana, sin contradecir la obra sobrenatural de las divinas virtudes,tiene
distinto objeto, que agrada también a Dios, aunque en muy inferiorgrado. Yo no soy, ni merezco
ser, un santo; pero ¿por qué no he de serun sabio, un conocedor de aquella magia, que sin
ofender al cielo, sinbuscar el auxilio de genios o de ángeles réprobos y valiéndose sólo demedios
naturales, acierta a producir prodigios pasmosos? En esta cienciate iniciaré yo, porque te creo
capaz de estudiarla y de alcanzarla. Ybien puedes estar seguro de que esta mi ciencia profana no
se opone ni ala santidad ni a la pureza de la fe, ni a la perfección ascética ymística a que puedas
elevarte.
En suma, tantas y tales razones alegó el Padre Ambrosio, que el hermanoTiburcio hubo de
quedar convencido, convirtiéndose en su más apasionadodiscípulo y en su más constante satélite.
De los otros dos iniciados que tenía el Padre Ambrosio, no se fiabatanto, aunque también les
comunicaba algunos de sus menos hondossecretos.
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