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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

ser y serán traducidos, leídos y semi-comprendidos en Europa poralgunas pocas almas
excepcionalmente superiores.
Ya conjeturará el lector de la singular historia que vamos escribiendo,el mar de confusiones
en que un espíritu tan escéptico y tan crítico,como el de Morsamor, hubo de engolfarse y hasta
de anegarse al ver y aloír tan estupendas cosas.
—¿Qué diantres de personajes serán estos viejos?—se preguntaba élcavilando—. ¿Serán en
realidad profundamente sabios, estarán de buenafe, llenos de vanidad y de soberbia por la
comodidad y el regalo con queviven, gracias a sus envidiables inventos o habrá en ellos algo
deembaucadores y de farsantes?
Así discurría Miguel de Zuheros, pero se callaba y ni al doncel sutilconfiaba su discurso. De
todos modos, Miguel de Zuheros sentía muypicada su curiosidad y anhelaba investigar y
averiguar más de lo que yasabía por el fámulo. Y como el señor Sankarachária era muy
conversable ymuy fino, procuró charlar con él, lo consiguió fácilmente y le interrogósobre
diversos puntos. De las contestaciones que obtuvo el sabio viejo,hemos podido recoger aquella
parte que por ser menos profunda está más anuestro alcance y vamos a ver si acertamos a
transcribirla clara yfielmente.
—El ocultismo—dijo Morsamor—no acaba de justificarse a mis ojos.¿Por qué escondéis
avara y egoístamente vuestra ciencia, si vuestraciencia es buena y puede hacer a los hombres,
mejores y más dichosos?
—No transmitimos nuestra ciencia—respondió el sabio viejo—porque loesencial de ella es
intransmisible. Cada ser humano la crea en sí y parasí, sumergiéndose en el abismo de su propia
alma, con intuición sóloeficaz cuando el alma está ya purificada y educada, exenta de
egoísmo,libre de pasiones, apetitos y concupiscencias vulgares y apta paraentrar en el santuario
íntimo de la conciencia suprema, donde todo esuno, el conocer, el que conoce y lo conocido.
Para adquirir estaindispensable previa aptitud, jamás basta una sola vida. Sólo puedeconseguirse
después de muchas reincarnaciones.
—¿Sabes tú—preguntó Morsamor—por cuántas has pasado ya?
—Mi clarividencia, en este punto, no es completa todavía—replicó elanciano—; pero
entreveo y percibo en la penumbra confusa de misrecuerdos ultranatales que he muerto y
renacido ya treinta veces enesta mansión terrenal. Y todavía sé poco y todavía para
seguirestudiando tendré que morir y que renacer dos o tres veces más antes dealcanzar el
nirvana.
—¿Y qué es el nirvana?—dijo Morsamor.
Declárartelo bien—contestó el viejo—implicaría dos cosas tan difícilesque rayan en lo
imposible. Es la primera que si lo supiese yo, yoestaría ya en el nirvana y sería omnicio o digase
conocedor de cuantoha sido, es y será; del sujeto, del objeto y de la síntesis en que seenlazan e
identifican, siendo todo y uno y disipándose las aparentesilusiones que distinguen, individualizan
y separan. Y es la segunda que,aun poseyendo yo tan alta bienaventuranza, no hallaría para
transmitirtesu concepto medio alguno de expresión en lenguaje humano, ni tampoco enla
sugestión directa y pura. Por ahora, reprime tu curiosidad yaguántate sin saber lo que es el
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