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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

esplendor a Medina del Campo, que el ejército fiel a nuestromonarca Carlos de Gante, robó y
asoló casi en los mismos días en que nosescapamos nosotros del convento en busca de aventuras.
Te hallas, pues,y te has hallado desde que te escapaste en posición muy ventajosa. Lamayoría de
los hombres consumen la vida en ganarse la vida, y, como sela ganan perdiéndola y gastándola,
no les queda vida de sobra ni paraamar, ni para deleitarse, ni para trazar heroicos planes y
realizarlosluego, ni para otros mil asuntos que debemos calificar de lujo y depoesía. La gente
humilde y trabajadora, los ganapanes ydestripaterrones, que sudan y se afanan para procurarse el
sustento, soncomo las orugas y como los míseros gusanos, que se arrastran conlentitud, que se
esconden entre el follaje, y que no pueden ejercer otrafunción sino la de nutrirse, mientras que tú
y otros como tú, siemprebien nutridos y exentos de tan ruin cuidado y de menester tan vil,
soiscomo las mariposas, que desplegáis a la luz del sol los nítidos coloresde vuestras alas, que
voláis entre las flores, que libáis el néctar desus cálices y que gozáis de amor y de gloria.
—Algo de verdad hay en lo que afirmas—dijo Morsamor—. No carezco deriquezas. Además
de las que llevo conmigo, tengo confiadas no pocas alfiel y cauto Gastón Vandenpeereboom.
Puedo con desahogo aventurarme enlas más altas empresas. Y sin embargo, me considero tan
infeliz quepreferiría volver a ser un pobre fraile, despreciado, viejo y enfermizo,o ser un ruin y
hambriento pordiosero.
Ingeniosamente impugnó Tiburcio estas razones, manifestando que elpordiosero y el fraile,
sobre ser desvalidos y menesterosos, lo cual noes chica pena, pueden padecer además tormentos
insufribles.
—¿Has olvidado, acaso—concluyó Tiburcio—, cuánto te atormentabas enel claustro? No me
parecías allí virtuoso penitente, ministro delAltísimo, sino energúmeno o criatura poseída de un
enjambre de demonios.
Así cuidaba Tiburcio de consolar a Morsamor, no probando que eradichoso, sino tratando de
probar que otros habían sido más desdichados.
Poco a poco, y aunque algo a la ventura, con el propósito de llegar algrande imperio del
Catay, nuestros viajeros se internaron por tortuosasy revueltas cañadas, que a cada instante se
tornaban más ásperas ysolitarias. Por donde quiera breñas, matorrales y riscos, y confrecuencia
despeñaderos medrosos, en cuyo borde resbaladizo sedesenvolvía la apenas trazada senda que
iba hollando.
El horror y la esquividad del paisaje crecían a cada paso. Hasta los másaudaces se asustaban y
anhelaban volver atrás. La terca persistencia deMorsamor y el respeto que Morsamor infundía
los forzaba a seguiradelante. Con prudente cautela, y como por milagro, lograban que
notropezasen los caballos y las mulas en aquellos vericuetos y que nocayesen rodando en hondo
precipicio con el jinete o con la carga quellevaban. Más propios de cabras monteses que de
hombres eran aquellossitios. Podría asegurarse que jamás se había estampado en ellos laplanta
humana. Era terreno desconocido, por donde, si lograbanatravesarle, llegarían sin duda a no
menos desconocida e inexploradacomarca.
La vereda daba innumerables rodeos. A veces iba en muy pendiente cuestaabajo, pero más a
menudo se elevaba en cuesta no menos pendiente. Loscerros, a un lado y a otro, parecían ir
creciendo. En sus enhiestospicos relucía el hielo perpetuo. La amontonada nieve bajaba hasta no
muylejos del camino, si era camino el desfiladero, cada vez más angosto,por donde marchaban.
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