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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

Tiburcio de Simahonda, Tomás Cardoso y cuarenta aventureros portugueses,que
sobrevivieron a la batalla, acompañaron a Morsamor, y cargados depresentes y riquezas se
separaron de Babur y de sus mongoles.
Babur dio a Miguel de Zuheros una áurea lámina, como la que Kubilai-Kanhabía dado a
Marco Polo, para que le sirviese de salvoconducto opasaporte por donde quiera que fuese. En el
oro de la lámina estabangrabadas, en caracteres mongólicos, las más encarecidas
recomendaciones,autorizado todo ello por la firma de Babur y por su regia marca.
Como curioso accidente, que no debe omitirse aquí, haremos constar quela tropa de Morsamor
partió reforzada por seis mongoles que seresolvieron a seguirle, movidos de afecto a España y de
vivo deseo dever aquella tierra distante. No parecerá el caso inverosímil si decimosque dos de
los mongoles se apellidaban Pérez, dos Fernández y Jiménezotros dos. Aunque confusa y
enmarañadamente, los seis presumían debuenos cristianos, y todos eran tataranietos de tres
elegantes y lindosescuderos de Castilla, que habían acompañado a Ruy González de
Clavijocuando visitó a Tamerlán como Embajador de Enrique III. Tres señoronasde la corte de
Samarcanda, tan encopetadas como antojadizas, se habíanprendado de los escuderos susodichos,
se habían casado con ellos,reteniéndolos en el centro del Asia, y de tales enlaces procedían
losPérez, los Fernández y los Jiménez, de cuyo patriótico atavismo aquídamos cuenta.
-XXIX-
Transida el alma de dolor por el trágico fin de Urbási y por lamortífera lucha que había
sostenido, Morsamor huyó de la India, comopara librarse de los malos espíritus que le acosaban
y le atormentaban.Como Orestes, perseguido por las Furias, caminaba Morsamor sin sabercasi
hacia dónde caminaba. Confiado en él y en su ventura, le seguía suvaliente tropa. Tiburcio solía
cabalgar junto a él y procurabaconsolarle y entretenerle con pláticas amenas y con
juiciosasreflexiones.
—El mal y el bien—dijo una vez—, la próspera o la adversa fortunacarecen a menudo de ser
real y dependen de nuestro modo de entender lascosas. De aquí que yo pueda afirmar
razonablemente que tú no debesquejarte de tu suerte, sino tenerla por próspera. El problema
másdifícil que hay que resolver, la suerte te le dio resuelto desde elprincipio. En la más penosa e
ingrata tarea en que los hombres tienenque emplearse no te has empleado tú, pudiendo elevarte
así sin estorbohasta una posición donde tanto la felicidad como la infelicidad tienensuperior
magnitud a las del vulgo de los mortales.
—Cada día me convenzo más—interrumpió Morsamor—del fundamento y de lajusticia, con
que te llamo doncel sutil. Tales son en este momento tussutilezas, que no las entiendo.
—Pues préstame atención y óyeme—replicó Tiburcio—y ya verás, cuánbien me entiendes y
cuán claro me explico. Por la generosidad primero ypor la alquimia del Padre Ambrosio, y más
tarde por lo mucho que hemosgarbeado en guerras, saqueos y batallas, no somos pobres, sino
ricos. Alomo de unas cuantas mulas traes contigo un tesoro de despojos; ocultaen bolsa de cuero,
bajo el sayo y pegada a tu carne, llevas grancantidad de piedras preciosas, de tal valor algunas
que podrías,vendiéndolas, adquirir con su precio la mitad de Castilla, o restauraren todo su
 
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