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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

De súbito el ronco clangor de retorcidas y bárbaras trompetas estremecióel ambiente. Mil y
mil gritos salieron de las bocas de los indios,medrosos y aterrados. Morsamor y los suyos vieron
con sorpresa que suscontrarios, en confuso desorden, huían a la desbandada, tiraban lasarmas
para correr con mayor ligereza y buscaban refugio y escondite enlo más intrincado del bosque,
ya que no en las entrañas de la tierra.
¿Qué poder misterioso acudía en auxilio de Morsamor? No tardaron enaparecer los
imprevistos auxiliares. Venían en ligeros caballos. Eranguerreros, de fea y terrible catadura,
armados de largas lanzas, deagudas flechas y de flexibles arcos. En sus rostros, casi
imberbes,aunque varoniles y fieros, resplandecía, sobre el amarillo obscuro de latez curtida, la
exultación alegre del triunfo. Sus pómulos eransalientes, gruesos sus labios y la nariz aplastada,
oblicuos y pequeñossus ojos, y negras las ralas cerdas del largo bigote, y negros loscabellos que
pendían lacios sin ondas ni rizos. Cubrían sus cabezasgorras de hirsutas pieles, envolviendo
capacetes de cobre, y sostenidaspor barbuquejos de lana cuyas extremidades flotaban sobre el
pecho.
Extraordinaria fue la sorpresa de Morsamor cuando vio en medio de estatropa, que parecía
fantástica legión de demonios, a su doncel sutilTiburcio, que venía como guiándola y
capitaneándola, más gallardo ygentil que nunca.
Fugados o muertos los indios, Tiburcio llegó donde estaba Morsamor y leestrechó en sus
brazos. Algunos de los al parecer más importantessoldados de su extraña tropa desmontaron de
los caballos, lanzaronaullidos, en señal de alabanza, admiración y júbilo, alzaron a Morsamoren
hombros, y se apartaron del palacio que el voraz incendio yaconsumía. Hicieron luego que
Morsamor y los suyos montasen todos acaballo, y con profundo acatamiento y pompa triunfal se
pusieron enmarcha.
Tiburcio cabalgaba al lado de Morsamor y se lo explicó todo.
Aquellos hombres eran los mongoles. Babur, su monarca, apaciguados yasus vastos dominios,
había caído como el rayo sobre la India. Acababa dereconquistar a Lahor y se había apoderado
luego de Delhí y de Benarés,la ciudad santa, donde le habían dicho que Balarán se había
declaradoBrahmatma. No encontró allí a Balarán y salió en su busca, a fin devencerle y de
vencer su ejército. Internado Balarán en la selva, Baburhubiera tardado en encontrarle o no le
hubiera encontrado, si Tiburcio,acertando a presentarse ante él, no se hubiera ofrecido a servirle
y nole hubiera servido de guía.
Muerto Balarán, y sabiendo ya Babur por sus esculcas las apenas creíbleshazañas de Miguel
de Zuheros, iba, según anunciaba Tiburcio, a recibirlecon palmas y laureles.
Cualquiera otro héroe, no atormentado del dolor más acerbo, hubieratenido por altamente
dichoso el éxito de aquella jornada y se hubieraenorgullecido de las distinciones honrosas de que
colmó Babur a Miguelde Zuheros cuando este llegó a su presencia.
Babur quiso tomarle a su servicio, pero Morsamor se excusó cortésmente,alegando su honda
melancolía y afirmando que su destino le llamaba pormuy distinta senda y que él no podía
menos de acudir a su misteriosavocación y de cumplir las órdenes del destino.
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