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Misericordia

No había acabado el marroquí su oriental leyenda, cuando
Benina vioentrar en el café a una mujer vestida de negro. «Ahí
tienes a esafandangona, tu compañera de casa.
—¿Pedra? Maldita ella. Sacudir ella yo esta mañana. Venir,
siguro, conla Diega...
—Sí, con una viejecica, muy chica y muy flaca, que debe de
ser másborracha que los mosquitos. Las dos se van al mostrador,
y piden dostintas.
Señá Diega enseñar vicio ella.
—¿Y por qué tienes contigo a esa gansirula, que no sirve para
nada?».
Contole el ciego que Pedra era huérfana; su padre fue
empleado en elMatadero de cerdos, con perdón, y su madre
cambiaba en la calle de laRuda. Murieron los dos, con
diferencia de días, por haber comido gato.Buen plato es el
micho; pero cuando está rabioso, le salen pintas en lacara al que
lo come, y a los tres días, muerte natural por
calenturasperdiciosas. En fin, que espicharon los padres, y la
chica se quedó enla puerta de la calle, sentadita. Era hermosa:
por tal la celebraban; suvoz sonaba como las músicas bonitas.
Primero se puso a cambiar, y luegoa vender churros, pues tenía
tino de comercianta; pero nada le valió subuena voluntad,
porque hubo de cogerla de su cuenta la Diega, que enpocos días
la enseñó a embriagarse, y otras cosas peores. A los tresmeses,
Pedra no era conocida. La enflaquecieron, dejándola en los
 
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