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Misericordia

en una hora tonta, y yo, muerta de ansiedady de susto, no sabía
lo que me hacía. Pues un señor del Museo me dijodespués que el
cuadro no valía menos de diez mil reales... ¡Ya ves quégente!
No sólo desconocieron siempre la verdadera caridad, sino que
nipor el forro conocían la delicadeza. De todo lo que recibíamos
de Ronda,peros, piñonate y alfajores, le mandábamos a Pura una
buena parte. Puesellos cumplían con una bandejita de dulces el
día de San Antonio, yalguna cursilería de bazar en mi
cumpleaños. D. Carlos era tan gorrón,que casi todos los días se
dejaba caer en casa a la hora a que tomábamoscafé... ¡y cómo se
relamía! Ya sabes que el de su casa no era más queagua de
fregar. Y si íbamos al teatro juntos, convidados a mi
palco,siempre se arreglaban de modo que comprase Antonio las
entradas... De lagrosería con que utilizaban a todas horas nuestro
coche, nada te digo.Ya recordarás que el mismo día en que
ajustamos la venta de la sillería,se estuvieron paseando en él
todita la tarde, dándose un pistoestrepitoso en la Castellana y
Retiro».
No quiso Benina quitarle la cuerda con interrupciones y
negativas,porque sabía que cuando se disparaba en aquel tema,
era mejor dejar quele diese todas las vueltas. Hasta que no puso
la señora el punto,sofocada y casi sin aliento, no se aventuró a
decirle: «Pues D. Carlosme mandó que fuera a su casa mañana.
—¿Para qué?
—Para hablar conmigo...
—Como si lo viera. Querrá mandarme una limosna...
Justamente: hoy es elaniversario de la muerte de Pura... Se
saldrá con alguna porquería.
—¡Quién sabe, señora! Puede que se arranque...
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