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Misericordia

repartiendolimosnas de ochavo, y proporcionándose por poco
precio las oraciones delos humildes, podrá engañar al de arriba y
estafar la gloria eterna, ocolarse en el cielo de contrabando,
haciéndose pasar por lo que no es,como introducía el hilo de
Escocia declarándolo percal de a real y mediola vara, con
marchamos falsos, facturas falsas, certificados de origenfalsos
también... ¿Le has dicho eso? Di, ¿se lo has dicho?
—No le he dicho eso, señora, ni había para qué—replicó
Benina, viendoque Doña Francisca se excitaba demasiado, y que
toda la sangre al rostrose le subía.
—Pero tú no recordarás lo que hicieron conmigo él y su mujer,
quetambién era Alejandro en puño. Pues cuando empezaron mis
desastres, seaprovechaban de mis apuros para hacer su negocio.
En vez de ayudarme,tiraban de la cuerda para estrangularme
más pronto. Me veían devoradapor la usura, y no eran para
ofrecerme un préstamo en buenascondiciones. Ellos pudieron
salvarme y me dejaron perecer. Y cuando meveía yo obligada a
vender mis muebles, ellos me compraban, por un pedazode pan,
la sillería dorada de la sala y los cortinones de seda...Estaban al
acecho de las gangas, y al verme perdida, amenazada de
unembargo, claro... se presentaban como salvadores... ¿Qué me
dieron porel San Nicolás de Tolentino, de escuela sevillana, que
era la joya de lacasa de mi esposo, un cuadro que él estimaba
más que su propia vida?¿Qué me dieron? ¡Veinticuatro duros,
Benina de mi alma, veinticuatroduros! Como que me cogieron
 
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