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Misericordia

«¿Pero no dije a usted que cuando ya habían puesto la mesa,
faltaba unaensaladera, y tuve que ir a comprarla de prisa y
corriendo a la plazadel Ángel, esquina a Espoz y Mina?
—Si me lo dijiste, no me acuerdo. ¿Pero cómo dejabas la
cocina momentosantes de servir el almuerzo?
—Porque la zagala que tenemos no sabe las calles, y además,
no entiendede compras. Hubiera tardado un siglo, y de fijo nos
trae una jofaina envez de una ensaladera... Yo fui volando,
mientras la Patros se quedabaen la cocina... que lo entiende, crea
usted que lo entiende tanto comoyo, o más... En fin, que me
encontré al vejestorio de D. Carlos.
—Pero si para ir de la calle de la Greda a Espoz y Mina no
tenías quepasar por San Sebastián, mujer.
—Digo que él salía de San Sebastián. Le vi venir de allá,
mirando alreloj de Canseco. Yo estaba en la tienda. El tendero
salió a saludarle.D. Carlos me vio; hablamos...
—¿Y qué te dijo? Cuéntame qué te dijo.
—¡Ah!... Me dijo, me dijo... Preguntome por la señora y por
los niños.
—¡Qué le importarán a ese corazón de piedra la madre ni los
hijos! ¡Unhombre que tiene en Madrid treinta y cuatro casas,
según dicen, tantascomo la edad de Cristo y una más; un hombre
que ha ganado dineraleshaciendo contrabando de géneros,
untando a los de la Aduana y engañandoa medio mundo, venirse
ahora con cariñitos! A buenas horas, mangasverdes... Le dirías
que le desprecio, que estoy por demás orgullosa conmi miseria,
si miseria es una barrera entre él y yo... Porque ese no seacerca a
los pobres sino con su cuenta y razón. Cree que
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