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Misericordia

eres tan trabajador y tan económico,aumentarás las ganancias de
ella con tu arreglo. ¡Dios mío, quémaldición ha caído sobre mí y
sobre los míos! Que me muera pronto parano ver los horrores
que han de sobrevenir».
Debe notarse, la verdad ante todo, que desde que empezó el
noviazgo deAntoñito con la hija de la sastra, se fue corrigiendo
de sus mañasrapaces, hasta que se le vio completamente curado
de ellas. Su caráctersufrió un cambio radical: mostrándose
afectuoso con su madre y conBenina, resignábase a no tener más
dinero que el poquísimo que le daban,y hasta en su lenguaje se
conocía el trato de personas más honradas ydecentes que las de
antaño. Esto fue parte a que Doña Paca le concedierael
consentimiento, sin conocer a la novia ni mostrar ganas de
conocerla.Charlando con su señora de estas cosas, Benina
aventuró la idea de quetal vez por aquel torcido sendero de la
boda del mequetrefe, vendría lasuerte a la casa, pues la suerte,
ya se sabe, no viene nunca por dondelógicamente se la espera,
sino por curvas y vericuetos increíbles. No sedaba por
convencida Doña Paca, que sintiéndose minada de una
melancolíacorrosiva, no veía ya en la existencia ningún
horizonte que no fueraceñudo y tempestuoso. Con hallarse ya
las dos mujeres, por la colocaciónde los hijos, en mejores
condiciones de reposo y de vida, no se aveníancon su soledad, y
echaban de menos a la familia menuda; cosa en verdadmuy
natural, porque es ley que los mayores conserven el afecto a
ladescendencia, aunque esta les martirice, les maltrate y les
deshonre.
A poco de celebrarse las dos bodas, trasladose Doña Paca de la
calle delAlmendro a la Imperial, buscando siempre baraturas,
que al fin y al cabono le resolvían el problema de vivir sin
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