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Misericordia

No se había consolado aún la desventurada señora de la pena
que eldesatino de su hija le causara, y se pasaba las horas
lamentándose de susuerte, cuando entró en quintas Antoñito. La
pobre señora no sabía sisentirlo o alegrarse. Triste cosa era verle
soldado, con el chopo acuestas: al fin era señorito, y se le
despegaba la vida de loscuarteles. Pero también pensaba que la
disciplina militar le vendría muybien para corregir sus malas
mañas. Por fortuna o por desgracia deljoven, sacó un número
muy alto, y quedó de reserva. Pasado algún tiempo,y después de
una ausencia de cuatro días, presentose a su madre y ledijo que
se casaba, que quería casarse, y que si no le daba
suconsentimiento él se lo tomaría.
«Hijo mío, sí, sí—dijo la madre prorrumpiendo en llanto—.
Vete con Dios,y solitas Benina y yo, viviremos con alguna
tranquilidad. Puesto que hasencontrado quien cargue contigo, y
tienes ya quien te cuide y teaguante, allá te las hayas. Yo no
puedo más».
A la pregunta de cajón sobre el nombre, linaje y condiciones
de lanovia, replicó el silbante que la conceptuaba muy rica, y tan
buena queno había más que pedir. Pronto se supo que era hija de
una sastra, quepespuntaba con primor, y que no tenía más dote
que su dedal.
«Bien, niño, bien—le dijo una tarde Doña Paca—. Me he
lucido con mishijos. Al menos Obdulia, viviendo entre ataúdes,
tiene sobre qué caersemuerta... Pero tú, ¿de qué vas a vivir?
¿Del dedal y las puntadas de eseprodigio? Verdad que como
 
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