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Misericordia

sabíamantenerse firme en las alturas: instintivamente se
despeñaba; sucabeza no era buena para esto ni para el gobierno
de la vida, que es laseguridad de vista en el orden moral.
El vértigo de Paquita Juárez fue un estado crónico desde que la
casaron,muy joven, con D. Antonio María Zapata, que le
doblaba la edad,intendente de ejército, excelente persona, de
holgada posición por sucasa, como la novia, que también poseía
bienes raíces de mucha cuenta.Sirvió Zapata en el ejército de
África, división de Echagüe, y despuésde Wad-Ras pasó a la
Dirección del ramo. Establecido el matrimonio enMadrid, le
faltó tiempo a la señora para poner su casa en un pie de
vidafrívola y aparatosa que, si empezó ajustando las vanidades
al marco delas rentas y sueldos, pronto se salió de todo límite de
prudencia, y notardaron en aparecer los atrasos, las
irregularidades, las deudas.Hombre ordenadísimo era Zapata;
pero de tal modo le dominaba su esposa,que hasta le hizo perder
sus cualidades eminentes; y el que tan biensupo administrar los
caudales del ejército, veía perderse los suyos,olvidado del arte
para conservarlos. Paquita no se ponía tasa en elvestir elegante,
ni en el lujo de mesa, ni en el continuo zarandeo debailes y
reuniones, ni en los dispendiosos caprichos. Tan notorio fue yael
desorden, que Zapata, aterrado, viendo venir el trueno gordo,
hubode vencer la modorra en que su cara mitad le tenía, y se
puso a hacernúmeros y a querer establecer método y razón en el
gobierno de suhacienda; pero ¡oh triste sino de la familia!
cuando más engolfadoestaba el hombre en su aritmética, de la
que esperaba su salvación,cogió una pulmonía, y pasó a mejor
vida el Viernes Santo por la tarde,dejando dos hijos de corta
edad: Antoñito y Obdulia.
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