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Misericordia

—Lo mismo hace conmigo. Pero yo no lo llevo a mal, señora.
¡Bendito seael Señor, que nos da el bien más grande de nuestros
cuerpos: el hambresantísima!».
Ya pasaba de los sesenta la por tantos títulos infeliz Doña
FranciscaJuárez de Zapata, conocida en los años de aquella su
decadencialastimosa por doña Paca, a secas, con lacónica y
plebeyafamiliaridad. Ved aquí en qué paran las glorias y altezas
de este mundo,y qué pendiente hubo de recorrer la tal señora,
rodando hacia laprofunda miseria, desde que ataba los perros
con longaniza, por los años59 y 60, hasta que la encontramos
viviendo inconscientemente de limosna,entre agonías, dolores y
vergüenzas mil. Ejemplos sin número de estascaídas nos ofrecen
las poblaciones grandes, más que ninguna esta deMadrid, en que
apenas existen hábitos de orden, pero a todos losejemplos supera
el de doña Francisca Juárez, tristísimo juguete deldestino. Bien
miradas estas cosas y el subir y bajar de las personas enla vida
social, resulta gran tontería echar al destino la culpa de loque es
obra exclusiva de los propios caracteres y temperamentos, y
buenamuestra de ello es doña Paca, que en su propio ser desde
el nacimientollevaba el desbarajuste de todas las cosas
materiales. Nacida en Ronda,su vista se acostumbró desde la
niñez a las vertiginosas depresiones delterreno; y cuando tenía
pesadillas, soñaba que se caía a la profundísimahondura de
aquella grieta que llaman Tajo. Los nacidos en Ronda debende
tener la cabeza muy firme y no padecer de vértigos ni cosa
tal,hechos a contemplar abismos espantosos. Pero doña Paca no
 
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