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Misericordia

—Señor Carlos llamar ti mañana.
—Mañana está muy lejos, y yo necesito el duro hoy, y pronto,
Almudena,pronto. Cada minuto que pasa es una mano que me
aprieta más el dogal quetengo en la garganta.
—No llorar, amri. Tú ser buena migo; yo arremediando ti...
Vesloahora.
—¿Qué se te ocurre? Dímelo pronto.
—Yo peinar ropa.
—¿El traje que compraste en el Rastro? ¿Y cuánto crees que te
darán?
—Dos piesetas y media.
—Yo haré por sacar tres. ¿Y lo demás?
—Vamos a casa migo—dijo Almudena levantándose con
resolución.
—Prontito, hijo, que no hay tiempo que perder. Es muy tarde.
¡Pues nohay poquito que andar de aquí a la posada de Santa
Casilda!».
Emprendieron su camino presurosos por la calle de Mesón de
Paredes,hablando poco. Benina, más sofocada por la ansiedad
que por la vivezadel paso, echaba lumbre de su rostro, y cada
vez que oía campanadas derelojes hacía una mueca de
desesperación. El viento frío del Norte lesempujaba por la calle
abajo, hinchando sus ropas como velas de un barco.Las manos
de uno y otro eran de hielo; sus narices rojas
destilaban.Enronquecían sus voces; las palabras sonaban con
oquedad fría y triste.
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