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Misericordia

Los que hacen la guardia por el Norte ocupan distintos puestos
en elpatinillo y en las dos entradas de este por las calles de las
Huertas ySan Sebastián, y es tan estratégica su colocación, que
no puedeescaparse ningún feligrés como no entre en la iglesia
por el tejado. Enrigurosos días de invierno, la lluvia o el frío
glacial no permiten alos intrépidos soldados de la miseria
destacarse al aire libre (aunquelos hay constituidos
milagrosamente para aguantar a pie firme lasinclemencias de la
atmósfera), y se repliegan con buen orden al túnel opasadizo que
sirve de ingreso al templo parroquial, formando en dos alasa
derecha e izquierda. Bien se comprende que con esta
formidableocupación del terreno y táctica exquisita, no se
escapa un cristiano, yforzar el túnel no es menos difícil y
glorioso que el memorable paso delas Termópilas. Entre ala
derecha y ala izquierda, no baja de docena ymedia el aguerrido
contingente, que componen ancianos audaces, indómitasviejas,
ciegos machacones, reforzados por niños de una
acometividadirresistible (entiéndase que se aplican estos
términos al arte de lapostulación), y allí se están desde que Dios
amanece hasta la hora decomer, pues también aquel ejército se
raciona metódicamente, para volvercon nuevos bríos a la
campaña de la tarde. Al caer de la noche, si nohay Novena con
sermón, Santo Rosario con meditación y plática, oAdoración
Nocturna, se retira el ejército, marchándose cada combatientea
su olivo con tardo paso. Ya le seguiremos en su interesante
regreso alescondrijo donde mal vive. Por de pronto,
observémosle en su rudo lucharpor la pícara existencia, y en el
terrible campo de batalla, en el cualno hemos de encontrar
charcos de sangre ni militares despojos, sinopulgas y otras
feroces alimañas.
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