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Misericordia

salido muy airosa. En la ínsula de Doña Franciscaestableció con
mano firme la normalidad al mes de haber empuñado lasriendas,
y todos allí andaban derechos, y nadie se rebullía ni osabaponer
en tela de juicio sus irrevocables mandatos. Verdad que
paraobtener este resultado precioso empleaba el absolutismo
puro, el régimende terror; su genio no admitía ni aun
observaciones tímidas: su ley erasu santísima voluntad; su
lógica, el palo.
A los caracteres anémicos de la madre y los hijos no les venía
mal estesistema, ensayado ya con feliz éxito en Antonio. Tal
dominio llegó aejercer sobre Doña Francisca, que la pobre viuda
no se atrevía ni arezar un Padrenuestro sin pedir su venia a la
dictadora, y hasta seadvertía que antes de suspirar, como tan a
menudo lo hacía, la mirabacomo para decirle: «No llevarás a
mal que yo suspire un poquito». Entodo era obedecida
ciegamente Juliana por su mamá política, menos en unacosa.
Mandábale que no estuviese siempre triste, y aunque la
esclavarespondía con frases de acatamiento, bien se echaba de
ver que la ordenno se cumplía. Entraba, pues, la viuda de Zapata
en la normalidadpróspera de su existencia con la cabeza gacha,
los ojos caídos, el mirarvago, perdido en los dibujos de la estera,
el cuerpo apoltronado,encariñándose cada día más con la
indolencia, el apetito decadente, elhumor taciturno y desabrido,
las ideas negras.
A los quince días de instalarse Doña Francisca en la calle de
Orellana,juzgó la mandona que más eficaz sería su poder y
mejor gobernada estaríala familia viviendo todos juntos: general
y subalternos. Trasladose,pues, y allá fue metiendo su ajuar
humilde, y sus chiquillos, y el ama,para lo cual antes hizo
hueco, echando fuera la mar de tiestos y tiboresde plantas, y
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