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Misericordia

pondríanbonitamente en la calle. Y no obstante, natural y justo
parecía que encualquier parte donde un duro no representaba
más que un valorinsignificante, se lo diesen a ella, para quien la
tal suma era... comoun átomo inmenso. Y si la ansiada moneda
pasara de las manos que conotras muchas la poseían, a las suyas,
no se notaría ninguna alteraciónsensible en la distribución de la
riqueza, y todo seguiría lo mismo:los ricos, ricos; pobre ella, y
pobres los demás de su condición. Puessiendo esto así, ¿por qué
no venía a sus manos el duro? ¿Qué razón habíapara que veinte
personas de las que pasaban no se privasen de un real, ypara que
estos veinte reales no pasaran por natural trasiego a susmanos?
¡Vaya con las cosas de este desarreglado mundo! La pobre
Beninase contentaba con una gota de agua, y delante del
estanque del Retiro nopodía tenerla. Vamos a cuentas, cielo y
tierra: ¿perdería algo elestanque del Retiro porque se sacara de
él una gota de agua?
Esto pensaba, cuando Almudena, volviendo de una meditación
calculista,que debía de ser muy triste por la cara que ponía, te
dijo:
«¿No tenier tú cosa que peinar?
—No, hijo: todo empeñado ya, hasta las papeletas.
—¿No haber persona que priestar ti?
—No hay nadie que me fíe ya. No doy un paso sin encontrar
una malacara.
 
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