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Misericordia

—Mañana, dir nosotros Hierusalaim.
—¿A dónde has dicho? ¿A Jerusalén? ¿Y dónde está eso?
¡Vaya, que quererllevarme a ese punto, como si fuera, un
suponer, Jetafe o Carabanchel deAbajo!
Luejos, luejos... tú casar migo y ser tigo migo uno.
DirnosMarsella por caminos pidiendo... En Marsella vapora...
pim, pam...Jaffa... ¡Hierusalaim!... Casarnos por arreligión
tuya, porarreligión mía... quierer tú... Vedersepolcro;
entrartú S'nagoga rezar Adonai...
—Espérate, hijo, ten un poco de calma, y no me marees con
lasinvenciones de tu cabeza deliriosa. Lo primero es que te
pongas bueno.
—Mí estar bueno... mí no c'lentura ya... mí contentada. Tú
vienermigo siempre, por mondo grande, caminas mochas,
libertanza, mar,terra, legría mocha...
—Muy bonito; pero ahora caigo en la cuenta de que tú y yo
tenemoshambre, y entraremos a cenar en cualquier taberna. Si te
parece, aquí enla Cava Baja...
Onde quierer tú, yo quierer...».
Cenaron con relativo contento, y Almudena no cesaba de
ponderar lasdelicias de irse juntitos a Jerusalén, pidiendo
limosna por tierra y pormar, sin prisa, sin cuidados. Tardarían
meses, medio año quizás; pero alfin darían con sus cuerpos en la
Palestina, aunque la emprendiesen porla vía terrestre hasta
Constantinopla. ¡Pues no había pocos paísesbonitos que
recorrer! Objetaba Nina que ella tenía ya los huesos durospara
correría tan larga, y el africano, no sabiendo ya cómo
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