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Misericordia

—¡Qué ingratitud, Señor!... ¡Oh mundo... oh miseria!...
Afrenta de Dioses hacer bien...
Dir nosotros luejos... dirnos, amri... Dispreciar ti
mondomalo.
—Dios ve los corazones de todos; el mío también lo ve...
Véalo, Señor delos cielos y la tierra, véalo pronto».
Dicho lo que antecede, se limpió las lágrimas con mano
temblorosa, ypensó en tomar las resoluciones de orden práctico
que las circunstanciasexigían.
«Dirnos, dirnos—replicó Almudena cogiéndola del brazo.
—¿A dónde?—dijo Nina con aturdimiento—. ¡Ah! lo primero
a casa de D.Romualdo».
Y al pronunciar este nombre se quedó un instante lela,
enteramenteidiota.
—«R'maldo mentira—declaró el ciego.
—Sí, sí, invención mía fue. El que ha llevado tantas riquezas a
laseñora será otro, algún D. Romualdo de pega... hechura del
demonio...No, no, el de pega es el mío... No sé, no sé. Vámonos,
Almudena.Pensemos en que tú estás malo, que necesitas pasar la
noche bienabrigadito. La señá Juliana, que es la que ahora corta
el queso en lacasa de mi señora, y todo lo suministra... en buen
hora sea... me hadado este duro. Te llevaré a los palacios de
Bernarda, y mañanaveremos.
 
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