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Misericordia

—Es mocha... mocha...—murmuraba el ciego volviendo su
rostro haciael suelo.
—No es tanto—observó la otra, queriendo engañar su pena
con ideasoptimistas—. ¿Quién no tiene un duro? Un duro,
amigo Almudena, lo tienecualquiera... Con que ¿puedes
buscármelo tú, sí o no?».
Algo dijo el ciego en su extraña lengua que Benina tradujo por
lapalabra «imposible», y lanzando un suspiro profundo, al cual
contestóAlmudena con otro no menos hondo y lastimero,
quedose un rato enmeditación dolorosa, mirando al suelo y
después al cielo y a la estatuade Mendizábal, aquel verdinegro
señor de bronce que ella no sabía quiénera ni por qué le habían
puesto allí. Con ese mirar vago y distraído quees, en los
momentos de intensa amargura, como un giro angustioso
delalma sobre sí misma, veía pasar por una y otra banda del
jardín gentespresurosas o indolentes. Unos llevaban un duro,
otros iban a buscarlo.Pasaban cobradores del Banco con el
taleguillo al hombro; carricochescon botellas de cerveza y
gaseosa; carros fúnebres, en el cual eraconducido al cementerio
alguno a quien nada importaban ya los duros. Enlas tiendas
entraban compradores que salían con paquetes.
Mendigosharaposos importunaban a los señores. Con rápida
visión, Benina pasórevista a los cajones de tanta tienda, a los
distintos cuartos de todaslas casas, a los bolsillos de todos los
transeúntes bien vestidos,adquiriendo la certidumbre de que en
ninguno de aquellos repliegues dela vida faltaba un duro.
Después pensé que sería un paso muy salado quese presentase
ella en la cercana casa de Céspedes diciendo que hicieranel
favor de darle un duro, siquiera se lo diesen a
préstamo.Seguramente, se reirían de tan absurda pretensión, y la
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