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Misericordia

la feliz advertencia de Juliana,que era la previsión misma, y
ofreció seguirla puntualmente, o más bienobedecerla. Como
tenía la cabeza tan mareada, efecto de los
inauditosacontecimientos de aquellos días, de la ausencia de
Benina, y ¿por quéno decirlo? del olor de las flores que
embalsamaban la casa, no le habíapasado por las mientes el
revisar las resmas de papeletas que en varioscartapacios
guardaba como oro en paño. Pero ya lo haría, sí señora, yalo
haría... y si Juliana quería encargarse de comisión tan
fastidiosacomo el desempeñar, mejor que mejor. Contestó la
nueva cocinera que lomismo servía ella para el caso que su
prima, y acto continuo empezó adisponer la cena, que fue muy
del gusto de Doña Paca y de Obdulia.
Al día siguiente se agregó a la familia la doncella; y tan
necesarioscreían hija y madre sus servicios, que ambas se
maravillaban de habervivido tanto tiempo sin echarlos de
menos. El éxito de Daniela el primerdía fue, pues, tan franco y
notorio como el de Hilaria. Todo lo hacíabien, con arte y
presteza, adivinando los gustos y deseos de las señoraspara
satisfacerlos al instante. ¡Y qué buenos modos, qué dulce
agrado,qué humildad y ganas de complacer! Diríase que una y
otra joventrabajaban desafiadas y en competencia, apostando a
cuál conquistaríamás pronto la voluntad de sus amas. Doña
Francisca estaba en susglorias, y lo único que la afligía era la
estrechez de la habitación, enla cual las cuatro mujeres apenas
podían revolverse.
Juliana, la verdad sea dicha, no vio con buenos ojos la entrada
de ladoncella, que maldita la falta que hacía; pero por no chocar
tan pronto,no dijo nada, reservándose el propósito de plantarla
en la calle cuandose consolidase un poco más el dominio que
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