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Misericordia

—Es natural. Se hace una querer del marido, enjaretándose los
calzonescomo me los enjareto yo... Así se gobiernan las casas
chicas y lasgrandes, señora, y el mundo.
—¡Qué salero tienes!
—Alguna sal me ha puesto Dios, sobre todo en la mollera. Ya
lo irá ustedconociendo. Ea, que me marcho. Tengo que hacer en
casa».
Mientras esto hablaban suegra y nuera, en la salita Obdulia y
Pontedepartían acerca de aquella, diciendo la niña que jamás
perdonaría asu hermano haber traído a la familia una persona tan
ordinaria comoJuliana, que decía diferiencia, petril y otras
barbaridades. Noharían nunca buenas migas. Al despedirse,
Juliana dio besos a Obdulia, ya Frasquito un apretón de manos,
ofreciéndose a plancharle lascamisolas, al precio corriente, y a
volverle la ropa, por lo mismo omenos de lo que le llevaría el
sastre más barato. Además, también sabíaella cortar para
hombre; y si quería probarlo, encargárale un traje,que de fijo no
saldría menos elegante que el que le hicieran loscortadores de
portal que a él le vestían. Toda la ropa de su Antonio sela hacía
ella, y que dijeran si andaba mal el chico... ¡a ver! Pues a sutío
Bonifacio le había hecho una americana que estrenó para ir al
pueblo(Cadalso de los Vidrios) el día del Santo, y tanto gustó
allí la prenda,que se la pidió prestada el alcalde para cortar otra
por ella. Dio lasgracias Ponte, mostrándose escéptico, con
galantería, en lo concernientea las aptitudes de las señoras para
la confección de ropa masculina, yla despidieron todos en la
puerta, ayudándola a cargarse los diversosbultos, atadijos y
paquetes que gozosa llevaba.
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