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Misericordia

—Hombre, tanto como de millones, no creo... Diré a usted: mi
parte en laherencia, como la que también disfruta Doña
Francisca Juárez, no pasa deuna pensión, cuya cuantía no
sabemos aún a punto fijo. Pero podré darlea usted dentro de
poco noticias exactas. ¿Por casualidad es ustedperiodista?
—No, señor: soy pintor heráldico.
—¡Ah! Yo creí que era usted de estos que averiguan cosas
para ponerlasen los periódicos.
—Lo que yo pongo es anuncios. Porque como el arte heráldico
está tan porlos suelos, me dedico al corretaje de reclamos y
avisos... Antonio y yotrabajamos en competencia, y nos
hacemos una guerra espantosa. Por eso,al saber que Zapata es
rico, quiero que usted influya con él para que metraspase sus
negocios. Soy viudo y tengo seis hijos».
Al decir esto, poniendo en su tono tanta sinceridad como
hombría debien, clavaba en el rostro de su interlocutor una
mirada semejante a ladel asesino en el momento de dar el golpe
a su víctima. Antes de quePonte le contestara, prosiguió
diciendo: «Yo sé que usted es amigo de lafamilia, y que habla
con Doña Obdulia... Y a propósito: Doña Obdulia,o su señora
madre, ahora que son ricas, querrán sacar título. Yo queellas lo
sacaría, siendo, como son, de la Grandeza de España. Pues
queno se olvide usted de mí, Sr. de Ponte... Aquí tiene mi
tarjeta. Yo lescompongo el escudo y el árbol genealógico, y la
ejecutoria en letraantigua, con iniciales en purpurina, a menor
precio que se lo haría elpintor más pintado. Puede usted juzgar
de mi trabajo por los modelos quetengo en casa.
—Yo no puedo asegurarle a usted—dijo Frasquito dándose
muchaimportancia, con un palillo entre los dientes—, que
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