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Misericordia

música le echaba, a cada vuelta de manubrio, elcomedor de
caracoles.
Sentía Ponte Delgado vivas ganas de pedir explicaciones al
tipo aquelpor su mirar impertinente. La causa de este no podía
ser otra que lanovedad que Frasquito ofrecía al público con el
despintado de su rostro,y el buen caballero se decía: «¿Pero qué
le importa a nadie que yo mearregle o deje de arreglarme? Yo
hago de mi fisonomía lo que me dala gana, y no estoy obligado
a dar gusto a los señores, presentándolessiempre la misma cara.
Con la vieja, lo mismo que con la joven, sé yohacerme respetar
y dejar bien puesto mi decoro». Ya se proponíacontraponer al
mirar cargantísimo de aquel punto una ojeada dedesprecio,
cuando el de los caracoles, vaciado, comido y chupado elúltimo,
y puesta la cáscara en su sitio, pagó el gasto; se colocó en
loshombros la capa, que se le había caído; encasquetose la
gorrilla, ylevantándose se fue derecho al desteñido caballero, y
con muy buen modole dijo: «Sr. de Ponte, perdóneme que le
haga una pregunta».
Por el tono cordial del individuo, comprendió Frasquito que
era uninfeliz, de estos que expresan con el modo de mirar todo
lo contrario delo que son.
«Usted dirá...
—Perdóneme, Sr. de Ponte... Quería saber, siempre que usted
no lo llevea mal, si es verdad que Antonio Zapata y su hermana
han tenido unaherencia de tantismos millones.
 
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