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Misericordia

estofado, y en ocasiones muy contadas, por la pepitoria.Callos,
caracoles, albóndigas y otras porquerías, jamás las probó.
Bueno: pues aquella noche pidió al chico relación completa de
lo quehabía, y mostrándose indeciso, como persona desganada
que no encuentramanjar bastante incitante para despertar su
apetito, se resolvió por lapepitoria. «¿Le duelen a usted las
muelas, Sr. de Ponte?—preguntole elchico, viendo que no se
quitaba el pañuelo de la cara.
—Sí, hijo... un dolor horrible. No me traigas pan alto, sino
francés».
Frente a Frasquito se sentaban dos que comían guisado, en un
solo platogrande, ración de dos reales, y más allá, en el ángulo
opuesto, unindividuo que despachaba pausada y metódicamente
una ración decaracoles. Era verdaderamente el tal una máquina
para comerlos, porquepara cada pieza empleaba de un modo
invariable los mismos movimientos dela boca, de las manos y
hasta de los ojos. Cogía el molusco, lo sacabacon un palito, se lo
metía en la boca, chupaba después el agüillacontenida en la
cáscara, y al hacer esto dirigía una mirada rencorosa aFrasquito
Ponte; luego dejaba la cáscara vacía y cogía otra llena,
pararepetir la misma función, siempre a compás, con igualdad
de gestos ymohines al sacar el bicho, y al comerlo, con igualdad
de miradas: unade simpatía hacia el caracol en el momento de
cogerlo; otra de rencorhacia Frasquito en el momento de chupar.
Pasó tiempo, y el hombre aquel, de rostro jimioso y figura
mezquina,continuaba acumulando cáscaras vacías en un
montoncillo, que crecíaconforme mermaba el de las llenas; y
Ponte, que le tenía delante,principiaba a inquietarse de las
miradas furibundas que como figurillamecánica de caja de
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