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Misericordia

—Siéntese usted aquí—le dijo D. Romualdo, dando tan fuerte
palmetazo enun viejo sillón de muelles, que de él se levantó
espesa nube de polvo.
Un momento después, habíase enterado el galán fiambre de
suparticipación en la herencia del primo Rafael, quedándose en
tal maneraturulato, que hubo de beberse, para evitar un
soponcio, toda el agua quedejara Doña Francisca.
No estará de más señalar ahora la perfecta concordancia entre
la personadel sacerdote y su apellido Cedrón, pues por la
estatura, la robustez yhasta por el color podía ser comparado a
un corpulento cedro; que entreárboles y hombres, mirando los
caracteres de unos y otros, también hayconcomitancias y
parentescos. Talludo es el cedro, y además, bello,noble, de
madera un tanto quebradiza, pero grata y olorosa. Pues
delmismo modo era D. Romualdo: grandón, fornido, atezado, y
al propiotiempo excelente persona, de intachable conducta en lo
eclesiástico,cazador, hombre de mundo en el grado que puede
serlo un cura, deapacible genio, de palabra persuasiva, tolerante
con las flaquezashumanas, caritativo, misericordioso, en suma,
con los procedimientosmetódicos y el buen arreglo que tan bien
se avenían con su desahogadaposición. Vestía con pulcritud, sin
alardes de elegancia; fumaba sintasa buenos puros, y comía y
bebía todo lo que demandaba elsostenimiento de tan fuerte
osamenta y de musculatura tan recia. Enormespies y manos
correspondían a su corpulencia. Sus facciones bastas yabultadas
no carecían de hermosura, por la proporción y buen
dibujo;hermosura de mascarón escultórico, miguel-angelesco,
para decorar unaimposta, ménsula o el centro de una cartela,
echando de la bocaguirnaldas y festones.
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