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Misericordia

veces el que da y quitalos males, el Justiciero, el Misericordioso,
el Santo de losSantos!...».
Con tal efusión rompió en llanto la desdichada Doña
Francisca, cruzandolas manos y poniéndose de hinojos, que el
buen sacerdote, temeroso deque tanta sensibilidad acabase en
una pataleta, salió a la puerta, dandopalmadas, para que viniese
alguien a quien pedir un vaso de agua.
Acudió el propio Frasquito con el socorro del agua, y D.
Romualdo, encuanto la señora bebió y se repuso de su emoción,
dijo al desmedradocaballero: «Si no me equivoco, tengo el
honor de hablar con D. FranciscoPonte Delgado... natural de
Algeciras... Por muchos años. ¿Es ustedprimo en tercer grado de
Rafael Antrines, de cuyo fallecimiento tendránoticia?
—¿Falleció?... ¡Ay, no lo sabía!—replicó Ponte muy
cortado—. ¡PobreRafaelito! Cuando yo estuve en Ronda el año
56, poco antes de la caídade Espartero, él era un niño, tamaño
así. Después nos vimos en Madriddos o tres veces... Él solía
venir a pasar aquí temporadas de otoño; ibamucho al Real, y era
amigo de los Ustáriz; trabajaba por Ríos Rosas enlas elecciones,
y por los Ríos Acuña... ¡Oh, pobre Rafael! ¡Excelenteamigo,
hombre sencillo y afectuoso, gran cazador!... Congeniábamos
entodo, menos en una cosa: él era muy campesino, muy amante
de la vidarústica, y yo detesto el campo y los arbolitos. Siempre
fui hombre depoblaciones, de grandes poblaciones...
 
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