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Misericordia

contra la cual no debehaber protesta, sino más bien una
conformidad alegre! ¡Pobre Rafael, quépedazo de ángel!...
—¡Ay!...
—Yo no vivía ya en Ronda, porque tenía intereses en mi
pueblo que meobligaron a fijar mi residencia en Madrid. Pero
cuando supe la gravedaddel amigo queridísimo, me planté allá...
Un mes le acompañé y asistí...¡Qué pena!... Murió en mis
brazos.
—¡Ay!...».
Estos ayes eran suspiros que a Doña Paca se le salían del alma,
comopajaritos que escapan de una jaula abierta por los cuatro
costados. Connoble sinceridad, sin dejar de acariciar en su
pensamiento la probableherencia, se asociaba al duelo de D.
Romualdo por el generoso solterónrondeño.
«En fin, señora mía: murió como católico ferviente, después
de otorgartestamento...
—¡Ay!...
—En el cual deja el tercio de sus bienes a su sobrina en
segundo grado,Clemencia Sopelana, ¿sabe usted? la esposa de
D. Rodrigo del Quintanar,hermano del Marqués de Guadalerce.
Los otros dos tercios los destina,parte a una fundación piadosa,
parte a mejorar la situación de algunosde sus parientes que, por
desgracias de familia, malos negocios u otrasadversidades y
contratiempos, han venido a menos. Hallándose usted y sushijos
en este caso, claro está que son de los más favorecidos, y...
—¡Ay!... Al fin Dios ha querido que yo no me muera sin ver el
término deesta miseria ignominiosa. ¡Bendito sea una y mil
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