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Misericordia

—Bueno, bueno... Pues ponte a trabajar para la averiguación
de dóndeestá la tinaja llena de dinero. Yo vendré a sacarla, y
como sea verdad,a casarnos tocan».
Diciéndolo, recogía en su cesta los restos de comida para
marcharse.Almudena se opuso a que se fuese tan pronto; pero
ella insistía enretirarse, con la firmeza que gastaba en toda
ocasión: «¡Pues estaríabueno que me quedara yo aquí, puesta al
sol y al aire como un pellejo ensecadero de curtidores! Y dime,
Almudenita: ¿me vas tú a mantener aquí?¿Y a mi señora, quién
le mantiene el pico?».
Esta referencia a la casa de la señora despertó en Mordejai el
recuerdodel galán bunito; y como se excitara más de la cuenta
con tal motivo,apresurose Benina a calmarle con la noticia de
que Ponte se habíamarchado ya a sus palacios aristocráticos, y
de que ni ella ni su amaDoña Francisca querían trato ni roce con
aquel viejo camastrón, que leshabía dado un mal pago,
despidiéndose a la francesa, y quedándoles adeber el pupilaje.
Tragose el africano esta bola con infantil candor; yhaciendo
prometer y jurar a su amiga que a verle volvería
diariamentemientras él continuase en aquella obligación de sus
acerbas penitencias,la dejó marchar. Fuese Benina por arriba,
prefiriendo subir hacia laestación, como salida más cómoda y
practicable.
De vuelta a casa, lo primero que su señora le preguntó fue si
sabíacuándo regresaba de Guadalajara D. Romualdo, a lo que
respondió ella queno se tenían aún noticias seguras del regreso
del señor. Nada ocurrióaquel día digno de notarse, sino que
Ponte mejoraba rápidamente,poniéndose muy gozoso con la
visita de Obdulia, que estuvo cuatro horasplaticando con él y
con su mamá de cosas elegantes, y de sucesosrondeños
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