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Misericordia

ciego moro y de su vivienda, respondió que le había vistojunto a
la fuentecilla, pasado el Puente, pidiendo; pero que no
sabíadónde moraba. «Vaya, con Dios, señora—dijo la Burlada
despidiéndose—.¿No va usted hoy al punto? Yo sí... porque
aunque poco se gana, allítiene una su arreglo. Ahora me dan
todas las tardes un buen platao decomida en ca el señor
banquero, que vive mismamente de cara a laentrada por la calle
de las Huertas, y vivo como una canóniga, gozandode ver cómo
se le afila la jeta a la Caporala cuando la muchacha delseñor
banquero me lleva mi gran cazolón de comestible... En fin:
conesto y algo que cae, vivimos, Doña Benina, y puede una
chincharse enlas ricas. Adiós, que lo pase bien, y que encuentre
a su moro consalud... Vaya, conservarse».
Siguió cada cual su rumbo, y a la entrada del Puente, dirigiose
Beninapor la calzada en declive que a mano derecha conduce al
arrabal llamadode las Cambroneras, a la margen izquierda del
Manzanares, en terrenobajo. Encontrose en una como plazoleta,
limitada en el lado de Ponientepor un vulgar edificio, al Sur por
el pretil del contrafuerte delpuente, y a los otros dos lados por
desiguales taludes y terraplenesarenosos, donde nacen silvestres
espinos, cardos y raquíticas yerbas. Elsitio es pintoresco,
ventilado, y casi puede decirse alegre, porquedesde él se
dominan las verdes márgenes del río, los lavaderos y
sustenderijos de trapos de mil colores. Hacia Poniente se
distingue lasierra, y a la margen opuesta del río los cementerios
de San Isidro ySan Justo, que ofrecen una vista grandiosa con
tanto copete de panteonesy tanto verdor obscuro de cipreses...
La melancolía inherente a loscamposantos no les priva, en aquel
panorama, de su carácter decorativo,como un buen telón
agregado por el hombre a los de la Naturaleza.
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