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Misericordia

—Sí, señora.
—Y si no, haz la prueba ahora mismo. Date unos paseos por la
alcoba,pisando fuerte, y oiremos...».
Hízolo Benina como su señora mandaba, con no menos
convicción y fe queella, y en efecto... oyeron un retintín
metálico, que no podía provenirmás que de las enormes
cantidades de plata y oro (más oro que plataseguramente)
empotradas en la vetusta fábrica. Con esta ilusión sedurmieron
ambas, y en sueños seguían oyendo el tin, tin...
La casa era como un inmenso cuerpo, y sudaba, y por cada
uno de susinfinitos poros soltaba una onza, o centén, o monedita
de veintiuno ycuartillo.
A la mañanita del siguiente día iba Benina camino de las
Cambroneras,con su cesta al brazo, pensando, no sin inquietud,
en las exaltacionesdel buen Almudena, que le llevarían de
pronto a la locura, si ella, consu buena maña, no lograba
contenerle en la razón. Más abajo de la Puertade Toledo
encontró a la Burlada y a otra pobre que pedía con un
niñocabezudo. Díjole su compañera de parroquia que había
trasladado sudomicilio al Puente, por no poderse arreglar en el
riñón de Madrid conla carestía de los alquileres y la mezquindad
del fruto de la limosna.En una casucha junto al río le daban
hospedaje por poco más de nada, y aesta ventaja unía la de
ventilarse bien en los paseos que se daba mañanay tarde, del río
al punto y del punto al río. Interrogada por Beninaacerca del
 
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