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Misericordia

—¿Quién dice que no? ¿Ha soñado usted con cajas vacías?
Porque eso esseñal de herencia segura.
—¿Y tú, qué has soñado?
—¿Yo? Anoche, que nos encontrábamos con un toro negro.
—Pues eso quiere decir que descubriremos un tesoro
escondido... Mira tú,¿quién nos dice que en esta casa antigua,
que habitaron en otro tiempocomerciantes ricos, no hay dentro
de tal pared o tabique alguna ollabien repleta de peluconas?
—Yo he oído contar que en el siglo pasado vivieron aquí
unosalmacenistas de paños, poderosos, y cuando se murieron...
no se encontródinero ninguno. Bien pudiera ser que lo
emparedaran. Se han dado casos,muchos casos.
—Yo tengo por cierto que dinero hay en esta finca... Pero a
saber dóndedemontres lo escondieron esos indinos. ¿No habría
manera de averiguarlo?
—¡No sé... no sé!—murmuró Benina, dejando volar su mente
vagarosa hacialos orientales conjuros propuestos por Almudena.
—Y si en las paredes no, debajo de los baldosines de la cocina
o de ladespensa puede estar lo que aquellos señores escondieron,
creyendo quelo iban a disfrutar en el otro mundo.
—Podrá ser... Pero es más probable que sea en las paredes, o,
unsuponer, en los techos, entre las vigas...
—Me parece que tienes razón. Lo mismo puede ser arriba que
abajo. Yo teaseguro que cuando piso fuerte en los pasillos y en
el comedor, y seestremece todo el caserón como si quisiera
derrumbarse, me parece quesiento un ruidillo... así como de
metales que suenan y hacen tilín...¿No lo has sentido tú?
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