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Misericordia

no dar crédito a tales historias,ello es que no perdió sílaba del
relato que Almudena le hizo. La cosaera muy sencilla, por él
pintada, aunque las dificultades prácticas parallegar a producir
el mágico efecto saltaban a la vista. La persona quequisiera
saber, siguro, siguro, dónde había dinero escondido, notenía
más que abrir un hoyo en la tierra, y estarse dentro de élcuarenta
días, en paños menores, sin otro alimento que harina de
cebadasin sal, ni más ocupación que leer un libro santo, de
luengas hojas, ymeditar, meditar sobre las profundas verdades
que aquellas escriturascontenían...
—¿Y eso tengo que hacerlo yo?—dijo Benina impaciente—.
¡Apañado estás!¿Y ese libro está escrito en tu lengua? Tonto,
¿cómo voy a leer yo esosgarrapatos, si en mi propio castellano
natural me estorba lo negro?
Leyerlo mí... leyer tú.
—Pero en ese agujero bajo tierra, que será la casa de los
topos,¿podemos estar los dos?
Siguro.
—Bueno. Y para poder ver bien la letra de ese libro—dijo con
sorna ladama—, llevarás antiparras de ciego...
—Mí saberlo de memueria—replicó impávido el africano».
La operación, pasados los cuarenta días de penitencia,
terminaba porescribir en un papelito, como los de cigarro,
ciertas palabras mágicasque él sabía, él solo; luego se soltaba el
papelito en el aire, ymientras el viento lo llevaba de aquí para
allá, ella y él rezaríandevotamente oraciones mochas, sin quitar
los ojos del papel volante.Allí donde cayese, se encontraría,
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